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Madre de Nicolás, a veces mi propia... Continuar Leyendo
3 minutos de lectura
Lo que no tiene nombre
Del dolor nadie escapa. Un día llega y se te instala. Y entonces actúas y le enseñas a tu hijo quién eres y de qué dolor estás hecha.
01 de abril, 2022
Por: Bárbara Hoyo
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Esta columna prometía ser la tercera (y última) que escribiría sobre la separación, pero a la mitad del camino se me atravesó una cirugía inesperada. Y entre una cosa y otra se me revolvieron los pensamientos. Así que aquí va una columna dividida (o multiplicada) donde la primera parte, “Ceder y soltar”, fue escrita antes de la cirugía y está inacabada, como nuestras relaciones más cercanas, y la segunda parte fue escrita al llegar del hospital. No tiene nombre. Ni sentido. Tampoco está acabada.

 Ceder y soltar

He pensado mucho en los porqués, en los cuándos y en los cómo. A veces encuentro respuestas, pero da igual porque lo que pienso —y siento— un día me parece sensato y al otro me parece absurdo. Hay un oleaje emocional que me impide determinar una sola realidad de la historia. La confusión llega hasta la memoria. ¿Cuándo y cómo se diluye lo que fue tan íntimo y cercano? La intensidad de los finales solo se compara con la intensidad del inicio y, entre ambos, hay una estabilidad que a veces nos impulsa y otras veces nos estanca. Quizás esa sea la principal razón por la que uno se separa.

Una separación no es una relación que se termina, sino una que se transforma —entre otras cosas— en la suma de acuerdos y desacuerdos de los que hay que aprender a ceder y a soltar para que alguien, más allá de nosotros, crezca abrazado por su familia, que no es más la misma, pero que tampoco se trata de individuos aislados. La seguridad de un niño es un reflejo de cómo se siente en casa. En sus dos casas, en este caso. A veces no se trata de la falta de amor por nuestros hijos, sino de nuestra incapacidad por relacionarnos. Y eso, al final, los hijos lo traducen como una falta de amor.

Segunda parte

(“Lo que no tiene nombre” es un libro de Piedad Bonnett en el que relata cómo enfrentó el suicidio de su hijo. Lo más duro de nombrar se queda así, sin nombre. Hasta que llega el día que nos atrevernos a contarlo).

No se me ocurre escribir algo que no sea dolor. Dolor, la palabra dolor. Dolor que confirmo al recorrer mi cuerpo al despertar. Cada día punza: desde hace ocho meses el dolor no me da tregua, se ha convertido en un compañero más severo que la conciencia. Cuando hay dolor solo se es capaz de ver dolor.

A veces me imagino caminando por la orilla de un acantilado, sin intención de caer, pero sin precaución ni miedo. El dolor parece una enfermedad por sí mismo, le queda corto ser solo un síntoma. Siempre pensé que el dolor emocional superaba al físico. Hoy estoy segura de que el dolor físico te convierte en otra persona.

No soy capaz de quitarle el mérito al dolor por ser el maestro que es, aunque me dé coraje admitirlo. El dolor sana, porque avisa. A mí me dice que algo no va bien, más allá de mi cuerpo. Lo escucho y lo atiendo porque ya no puedo más. Siento que llevo una eternidad con dolor. Las posibilidades médicas se van agotando hasta llegar a la opción más radical que asegura que el dolor se va porque se va.

Cómo me encantaría no tener que correrlo y solo pedirle que se marche. Que deje mi cuerpo en mis manos, que nos vemos quizá pronto. Dame tregua, diría, vete un rato allá afuera a no ser dolor mientras todo se compone: mi cuerpo, cómo veo la vida, cómo soy en la vida. Del dolor nadie escapa. Un día llega y se te instala. Y entonces actúas y le enseñas a tu hijo quién eres y de qué dolor estás hecha.

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