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El berrinche asesino de Elliot Rodger
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El berrinche asesino de Elliot Rodger
El verdadero drama del caso de Elliot Rodger es que el muchacho no haya encontrado otra salida para su angustia adolescente más que asesinar a las chicas que no le hacían caso, los hombres que sabían seducirlas y todo el mundo que, desde su óptica, lo trató injustamente por años.
29 de mayo, 2014
Por: León Krauze
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Después de tres años de conducir un noticiero en Estados Unidos, algo me ha quedado claro: no pasará una semana sin que aparezca una noticia de alguna tragedia que involucre el uso indebido de armas de fuego. Con 300 millones de armas en las calles, Estados Unidos está enfermo de plomo. He tenido que narrar decenas de balaceras de consecuencias diversas, pero invariablemente trágicas. Nada, por supuesto, a la sensación de relatar lo que ocurrió en diciembre del 2012 cuando Adam Lanza, un muchacho con severos trastornos mentales, acribilló a veintitantos niños y maestros en Newtown, Connecticut. Recuerdo esa nota como el último círculo del infierno. Hay que decir que aunque no todas las balaceras son como ésa, todas tienen el denominador común de la irracionalidad y, hasta hace unos días, de la enfermedad mental en diversos grados.

[contextly_sidebar id=”fba306276ff31e8acdf3a19bcdc287fd”]Y digo que “hasta hace unos días” porque la última masacre en tierra estadounidense ha dejado confundido a medio mundo. Como el lector seguramente sabe, el viernes 23 de mayo por la noche se desató una balacera en distintos puntos de la comunidad estudiantil de Isla Vista, en Santa Bárbara, al norte de Los Ángeles. Al final, el responsable había matado a siete personas, dejado 13 heridos y acabado con su propia vida. El nombre del asesino resultó ser Elliot Rodger, un introvertido y severamente tímido estudiante de la universidad local. Hijo de un director de cine (y nieto del célebre fotógrafo George Rodger), Elliot dejó tras de sí varios videos y un detalladísimo manifiesto en el que explica no sólo su plan, sino también sus motivos. En este sentido, Rodger es el opuesto de Lanza, cuyo absoluto silencio sobre las razones de su maldad hundieron a Newtown en un limbo de catarsis imposible. Aun así, la mayoría de los analistas por acá han concluido que el caso de Rodger pertenece, como prácticamente todos los otros de asesinatos múltiples por arma de fuego, a la convulsa categoría de las enfermedades mentales. Si Adam Lanza sufría de complicaciones por autismo o James Holmes (el hombre que disparó dentro de un cine en Colorado hace unos meses) sufría de esquizofrenia, Rodger tiene que haber sido víctima de algo parecido. El problema, me parece, es que el diagnóstico no es tan claro.

En sus videos y manifiesto, Elliot Rodger parece ser un adolescente como muchos otros: tímido, malogrado, resentido, lleno de ansiedades sociales y sexuales. Es verdad que el tono de Rodger da miedo (¡el tipo estaba de verdad enojado!) y también es cierto que las cosas que escribió dan para suponer que el calibre de su dolor alcanzaba niveles neuróticos. Pero mientras más leo lo que él dejó atrás, o veo sus videos, más cerca estoy de concluir que ésta, la masacre de Isla Vista, es la más preocupante de todas las que se han visto en los últimos años acá. Y lo es porque, sin ser ningún profesional de la psiquiatría, me resulta difícil equiparar a Rodger con otros casos en los que la psicopatía ha sido evidente. Es decir, caray, no creo que Rodger estuviera clínicamente enfermo. A lo largo de mi vida he conocido a muchos, muchísimo adolescentes con las mismas angustias sociales de las que sufría Rodger. Si cada hombre joven que enfrenta dificultades para acercarse a las mujeres o tener sexo con frecuencia y gozo tomara una Glock y una SIG Sauer para vengarse, el mundo  perdería mucha gente. Mi punto es que catalogar a Rodger como un enfermo mental simplifica un diagnóstico que es, en realidad, mucho más elusivo, complicado y, finalmente, peligroso para esta sociedad.

Hasta donde sabemos, lo único cierto es que, ante los retos sociales de la vida universitaria, Elliot Rodger decidió volverse un asesino. No lo hizo porque sufría de esquizofrenia o autismo severo. Rodger iba a clases con normalidad y se comportaba como un adolescente tímido y engreído. Pero nunca -y esto es clave- como un enfermo mental. Hace diez años, otro estudiante mató a varias personas en la propia Santa Bárbara. Se llamaba David Attias. Hace unos días, un testigo que conoció a Attias y ahora a Rodger explicaba que mientras Attias “estaba completamente orate”, Rodger simplemente era “un tipo arrogante… hablaba muy bien, pensaba de manera muy lógica”.

En efecto: el manifiesto de Rodger no se lee como las divagaciones de un enfermo. Se lee, eso sí, como la confesión de una adolescencia traumática y dolorosa, pero no excepcional. Por eso, el verdadero reto para esta sociedad está en evitar el refugio fácil que implica asignar la etiqueta de inestabilidad mental a quien, a pesar de haber cometido actos atroces, claramente quizá merece otro diagnóstico. El verdadero drama del caso de Elliot Rodger es que el muchacho no haya encontrado otra salida para su angustia adolescente más que asesinar a las chicas que no le hacían caso, los hombres que sabían seducirlas y todo el mundo que, desde su óptica, lo trató injustamente por años. En otras palabras: la tragedia está en que, para Elliot Rodger, la solución para los tan comunes desconsuelos del umbral de la edad adulta haya sido la violencia criminal, un tremendo berrinche asesino. Algo está haciendo mal esta sociedad cuando otorga a sus jóvenes armas a granel pero no recursos.

 

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