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¿Y cómo nos vamos a cuidar?
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¿Y cómo nos vamos a cuidar?

Pienso en mi país y en todos esos casos que nos han aturdido en los últimos años, acaso porque son los que puedo recordar. En Debanhi Escobar o en Lesvy Berlín Osorio. ¿Quién acompañó a sus madres? ¿Cómo fueron tratadas sus amigas cercanas, sus primas, las mujeres con las que tenían confidencias diarias, con las que tejían el inicio de sus vidas? ¿Lo pensamos siquiera? ¿Alguna vez lo preguntamos?
01 de marzo, 2026
Por: Miguel Ángel Ángeles

“Las celebraciones familiares nunca volverán a ser como antes. Mi padre ha conseguido dividir a la familia. Ha dañado lo que más quiero: nosotros. El equilibrio del clan, mis raíces”, escribe en una entrada de un diario Caroline Darian. Un diario del horror, se podría decir.

Darian no se apellida así, las circunstancias que han sucedido en torno a su vida la llevaron a cambiar el suyo. El nuevo es una mezcla de los nombres de sus hermanos David y Florian. También ha cambiado uno de los nombres de su único hijo, además de vivir episodios de pánico y ansiedad que han requerido acompañamiento médico y judicial.

El personaje al que responsabiliza de la división de su familia no es el padre golpeador o el villano de fórmula que hemos normalizado encontrar en crónicas periodísticas o melodramas de alto consumo en plataformas. No es el alcohólico o el caso mítico de quien salió de casa para nunca volver. El padre en cuestión es un “hombre de familia”, abuelo y esposo comprometido que escribe hermosos votos para celebrar el aniversario nupcial, un hombre que en 2024 se convirtió en uno de los protagonistas de acaso, el juicio más controversial de -esperemos- esta década: Dominique Pelicot.

Pelicot junto a más de 50 individuos fue acusado de haber violado a una misma mujer: su esposa. Se cree que fue durante un periodo de aproximadamente nueve años y que los responsables son más de 70 hombres.

El diario del que escribo es “Y dejé de llamarte papá” (Planeta, 2025) de Caroline Darian. No quería leerlo. Pensé que con todo lo que hemos sabido hasta el momento en que me crucé con él era más que suficiente. Que el caso Pélicot pasará a la historia. Que el reconocimiento como una de las mujeres del año por la revista TIME implicaba que la reflexión se había extendido y que, de menos, teníamos claro que la vergüenza ahora comienza a quedar en otro lugar. “La vergüenza debe cambiar de bando”, dijo la histórica Gisèle Pélicot, y con ello nos dio una lección al mundo entero.

Pero el libro volvía a cruzarse en mi camino. En las mesas de novedades o con las actualizaciones y comentarios con respecto al caso en diferentes pláticas o en medios de comunicación. Finalmente en un envío por parte de la editorial (gracias, MP). El relato en voz de Caroline Darian es en efecto un golpe directo al estómago. Nadie que sienta amor por su madre puede leer esto y salir libre de un malestar. Habiendo escrito esto, me aventuro: esta es una recomendación. Hay que leerlo. Hay que hablarlo. Hay que compartirlo. Hay que pensarlo más allá de escándalo y del morbo. Más allá de las portadas por necesarias que sean éstas.

Entre las muchas razones que se vienen a la mente mientras leo esta confesión de Caroline Darian, no deja de sonar la idea del cuidado que brindamos a las personas que son víctimas de abuso. Y es que la conversación sobre los cuidados está más presente que nunca desde hace unos años y, sin embargo, el desafío es inmenso, como demuestra un libro como “Y dejé de llamarte papá”.

¿Cómo nos vamos a cuidar? Me lo pregunto con todas las letras que puedo, luego de conocer un relato escrito desde ese constructo que conocemos como “país desarrollado” por la integrante de una “familia promedio”. ¿Cómo la acompañaron? ¿Cómo se le acompañará? ¿Cuáles son las obligaciones y posibilidades de acompañamiento desde el Estado, la sociedad y nosotros mismos y mismas hacia cualquier persona víctima de una situación dentro de la escala de la violencia?

Pienso en mi país y en todos esos casos que nos han aturdido en los últimos años, acaso porque son los que puedo recordar. En Debanhi Escobar o en Lesvy Berlín Osorio. ¿Quién acompañó a sus madres? ¿Cómo fueron tratadas sus amigas cercanas, sus primas, las mujeres con las que tenían confidencias diarias, con las que tejían el inicio de sus vidas? ¿Lo pensamos siquiera? ¿Alguna vez lo preguntamos?

Pienso en mujeres como Mariel Albarran y su lucha frontal por sus hijas, para que algún día haya justicia para ellas. ¿Quién la acompaña? ¿Cómo se le ayuda para reconstruir una vida destruida por la violencia sexual intrafamiliar? Pienso en Ceci Flores y todas las madres buscadoras. ¿Cómo las tomamos de la mano si ni siquiera son escuchadas por el Estado? Pienso en las mujeres olvidadas en los reclusorios femeniles. ¿Cómo se les contiene?

Las preguntas son muchas y es la sociedad entera la que requiere de cuidados, de empatía real que pueda aspirar a generar paz, a volver a brindar espacios seguros. Todxs estamos ahí porque la violencia es una realidad de la que no escapa ni la presidenta misma. Las preguntas son muchas, pero una me queda a partir de este libro: ¿Qué haremos ahora que Gisele Pelicot dijo que la responsabilidad debe de cambiar de bando para repartirnos la posibilidad de ser quien acompañe y así acompañarnos?

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Imagen BBC
Cómo Guadalajara se convirtió en la “casa elegida” del narcotráfico en México y qué rol tuvo “El Mencho” y el CJNG
6 minutos de lectura

Aunque muchos narcotraficantes viniesen de otras regiones, la ciudad de Guadalajara ha sido la base práctica y simbólica del auge del narco en México. Nadie lo demostró tanto como el El Mencho.

25 de febrero, 2026
Por: BBC News Mundo
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Mario, vecino del municipio de Tlaquepaque, en Guadalajara, hace fila en una tortillería el lunes en la tarde. “Son compras de pánico”, dice, ante una cola kilométrica.

El domingo, las autoridades mataron a “El Mencho”, el narco más buscado del país, y en represalia su gente sitió la ciudad con bloqueos, quemas y enfrentamientos.

Después de tres horas, con sus tortillas bajo el brazo, Mario explica: “Ayer la violencia estuvo muy cerca y hoy ya menos, pero el temor sigue y la gente se prepara para cualquier evento que pueda regresar”.

Él hizo la fila para las tortillas, una de sus hijas para el pollo, su esposa para las verduras.

La calma ha ido volviendo a la capital de Jalisco, el estado que da nombre al cartel que lideraba El Mencho: Cartel de Jalisco Nueva Generación. Pero, según Mario, que como conductor de taxi conoce las calles y la gente de primera mano, “el temor persiste”.

“Este tipo de medidas (matar a un capo del narco) tal vez son necesarias, urgentes, pero los más golpeados somos la ciudadanía, los que trabajamos en la calle. Ya son 15 años de esto”.

15 años, tal vez más, en los que Guadalajara se convirtió en la capital del narco: allí donde lavan la mayor parte de sus ganancias, desaparecen más personas que en cualquier parte y controlan regiones enteras en las que montan centros de reclutamiento y entrenamiento militar.

“En casi todas las colonias de la zona metropolitana se han encontrado fosas de cuerpos, y se ha ejecutado y torturado gente”, asegura Mario. “Es muy triste lo que se ha vivido en nuestro estado”.

Monumento a los Niños Héroes en Guadalajara
Getty Images
Jalisco es el estado con más desaparecidos de México. Un viejo monumento a los Niños Héroes es hoy conocida como “la glorieta de los desaparecidos”

Capital del narco ascendente

A Guadalajara, una de las tres sedes mexicanas del Mundial de fútbol 2026, se le conoce como “la segunda ciudad de México” por muchas más razones que su población, cuyo número, entre 5 y 6 millones de habitantes, es el mismo que Monterrey.

Es la segunda ciudad, también, por historia, porque durante la Colonia y el siglo XIX se fundó allí un polo de poder, económico y cultural, tan fuerte como Ciudad de México.

En algún sentido es incluso la primera ciudad, porque de ahí sale la cultura mariachi, ranchera y tequilera que le dio fama al país.

Y en lo que al narco se refiere también: al ser el eje geográfico y económico de una vasta región cercana a Estados Unidos que incluye relevantes estados como Sinaloa, Guanajuato y Michoacán, los narcos hicieron de la capital jalisciense su base durante el auge de la industria en los años 80 y 90.

“Desde que tengo recuerdo esta ciudad está atravesada por el narco”, dice Verónica López García, una experimentada periodista cultural de la ciudad. “Primero fue su casa elegida, lo que nos dio una falsa seguridad, y luego nos convirtieron en un campo de guerra, en un territorio en disputa”.

Guadalajara
Getty Images
Guadalajara estará en el foco de atención en pocos meses, cuando se jueguen allí cuatro partidos del Mundial de fútbol.

Lo que ocurrió el domingo por la caída de El Mencho no fue la primera vez que la ciudad vive una ola de violencia, aunque sí una de las más graves.

Entre los ejemplos en la memoria de los tapatíos están el Rancho Aguirre, un centro de entrenamiento paramilitar encontrado a 30 kilómetros el año pasado; o la cifra de desaparecidos, que en Jalisco registra cerca de 16.000; o las veces que aparecieron cuerpos colgados de un puente; o la muerte del arzobispo en un tiroteo entre bandas del narco en 1993.

En 1985 ocurrió un caso clave: el narco mató a Enrique “Kike” Camarena, un agente mexicano-estadounidense de la DEA (Administración de Control de Drogas) que estaba investigándolo.

Un golpe de poder con el que el narco, en ese entonces en manos del Cartel de Guadalajara, quiso mostrar su poderío en una ciudad donde hasta entonces había mantenido el bajo perfil.

Zapopan
Getty Images
Zapopan es el municipio más rico de Guadalajara. Allí también hubo violencia tras la muerte de El Mencho.

La llegada agria a la modernidad

En estas tres décadas Guadalajara vivió un boom inmobiliario y reemplazó su vocación industrial por una economía de los servicios y la tecnología, y en ambos procesos el narco tuvo cierta participación.

El Mencho no solo traficó metanfetamina y fentanilo, sino que construyó un imperio criminal con sofisticadas operaciones de lavado de activos y extorsión.

El Departamento del Tesoro de EE.UU. estima que ocho de cada 10 negocios utilizados para lavar dinero en México ocurren en Jalisco y que 106 de 136 empresas ligadas al lavado de dinero están allí.

También calcula que el 80% de las empresas dedicadas al lavado en México están relacionadas con el CJNG.

Es difícil que esto ocurriera sin la complicidad de élites gobernantes.

En el caso Camarena se comprobó que oficiales estatales omitieron importantes detalles y encubrieron a algunos de los acusados. Con frecuencia surgen casos de policías destituidos por colusión con el narco. Al alcalde del emblemático municipio de Tequila lo arrestaron por lo mismo.

Jalisco es uno de los estados con mayor impunidad del país: la tasa de casos no resueltos por el poder judicial es, según un estudio de la Universidad de Guadalajara, del 99%.

Guadalajara
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Un carro quemado, y detrás la “Inmolación de Quetzalcóatl”, del artista Víctor Manuel Contrera.

El narco convertido en cultura

De muchas maneras, Guadalajara no fue tomada por el narco: fue cedida. Los narcos se volvieron parte de la sociedad. Sus hijos entraron a los colegios.

Surgieron lujosos barrios y centros comerciales que hasta el más ingenuo de los tapatíos ve como parte del fenómeno narco.

Surgió una cultura con manifestaciones musicales, estéticas, incluso aspiracionales que para muchos en Jalisco era la única vida posible: la “cultura buchona”, esa estética y estilo de vida ostentosos que traspasaron las fronteras del narco.

“Cuando estaba en la preparatoria, a finales de los 80, vi los primeros indicios de esto, de gente con autos de lujo, que iban a Puerto Vallarta de vacaciones”, dice López García.

“Eventualmente decidí no ser parte, no ir a tal fiesta, así quisiera, porque sabía que algún vínculo con el narco tenía”.

Pero no todos tienen la posibilidad de tomar esa decisión, advierte Verónica: “O porque es la única solución económica, o porque es lo que te exige la cultura, hay mucha gente, muchos chavos, que lo asumieron como parte del paisaje”.

Guadalajara
Getty Images
Las filas este lunes en Guadalajara.

En una región desigual donde el trabajo informal es la norma, tranzar con el narco fue la única opción para muchos campesinos, pequeños emprendedores o jóvenes deseosos de surgir.

“Soy el dueño del palenque, cuatro letras van al frente”, dice un corrido dedicado a El Mencho.

Las cuatro letras son las del CJNG y la canción es una oda al líder: “Soy el señor de los gallos, el del cártel jalisciense”.

El líder cuya muerte revivió el trauma histórico de Guadalajara, la ciudad que el narco convirtió en su casa.

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BBC

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