
¿Cómo se vive el envejecimiento en las ciudades? Hoy en día, de acuerdo con el Banco Mundial, más de la mitad de la población mundial, más de 4000 millones de personas, vive en ciudades. Se prevé que esta tendencia continúe y que la población urbana se duplique para 2050. En el caso de México, realidad que se reproduce en la mayor parte del mundo, 77 % de la población de adultos mayores vive en zonas urbanas, frente a un 22 % en zonas rurales.
La realidad frente a esta situación es que la planeación urbana continúa respondiendo a un ideal de cuerpo joven, móvil y productivo, mientras millones de personas envejecen en entornos que no fueron pensados para acompañar esa etapa de la vida. Esto hace necesaria impulsar con mayor compromiso la propuesta de una planeación urbana con perspectiva de edad.
Las ciudades concentran oportunidades, servicios y redes, pero también desigualdades profundas. Banquetas irregulares, cruces peatonales inseguros, transporte público inaccesible, falta de iluminación y ausencia de espacios de descanso no son fallas menores: son decisiones de diseño que excluyen. La Organización Mundial de la Salud señala la necesidad de crear ciudades con políticas integrales y evaluadas para atender el envejecimiento urbano y para favorecer un envejecimiento sano e incluyente, cosa que no sucede hoy en día. La exclusión no es accidental, es estructural.
Para las mujeres mayores, esta exclusión se multiplica. Viven en promedio entre cinco y siete años más que los hombres, pero llegan a la vejez con menos ingresos, menor acceso a propiedad, trayectorias laborales fragmentadas y mayor dependencia física, hecho que se ve potenciado en el espacio público. Las desigualdades acumuladas a lo largo de la vida se profundizan en la vejez, y el impacto es muy alto en contextos urbanos donde el costo de la vivienda, la movilidad y la seguridad determinan la autonomía. Una ciudad hostil para la vejez es todavía más hostil para las mujeres mayores.
La movilidad urbana es uno de los puntos críticos. En América Latina, el transporte público sigue siendo la columna vertebral de la movilidad cotidiana, pero no se reparte igual: se usa más entre quienes tienen menos alternativas -personas de menores ingresos, mujeres, y también personas mayores- lo que hace de la accesibilidad un tema de derechos, no de comodidad. Lo documenta CAF al analizar los patrones de movilidad urbana y su desigualdad: cuando el sistema no es accesible, confiable y seguro, la ciudad se vuelve más pequeña para quienes ya enfrentan barreras físicas o económicas.
La vivienda es otro punto ciego, no solo por su costo sino por su diseño. Una parte importante del parque habitacional urbano en el mundo está mal preparado para el envejecimiento, incluso en economías avanzadas. La OCDE advierte que menos de 20 % de las viviendas cuentan con características mínimas para considerarse “ageing-ready” (por ejemplo: acceso sin escalones y recámara y baño completo en el mismo nivel de entrada), lo que anticipa caídas, accidentes domésticos y una pérdida acelerada de autonomía cuando la vivienda se vuelve una trampa cotidiana. En otras palabras: la crisis de vivienda también es una crisis de vejez.
A todo ello se suma el conocido tema de la inseguridad. El espacio público urbano es percibido como riesgoso por millones de mujeres, lo que restringe horarios, recorridos y participación comunitaria. ONU Mujeres ha insistido, a partir de su programa global Safe Cities and Safe Public Spaces, en que el acoso y la violencia en espacios públicos no son un tema “de sensación”, sino un obstáculo estructural a la ciudadanía y al derecho a la ciudad. En el caso de mujeres mayores, ese efecto suele intensificarse por vulnerabilidades acumuladas (menos fuerza física, mayor dependencia de traslados seguros, trayectorias de desigualdad). Hay que decir que muchos indicadores no desagregan por edad con la precisión necesaria y lo que no se mide con precisión no se puede cambiar.
El hogar, además, no siempre es un espacio seguro. La Organización Mundial de la Salud estima que 1 de cada 6 personas de 60 años o más sufrió algún tipo de maltrato en el último año en entornos familiares o comunitarios y subraya que estos abusos ocurren con frecuencia en relaciones de confianza: familia, redes cercanas, personas cuidadoras. Para mujeres mayores, el riesgo se agrava cuando hay dependencia económica, aislamiento o control patrimonial. La idea del hogar como refugio automático oculta realidades de abuso y control que rara vez se abordan desde la política urbana y social.
La soledad urbana completa este panorama. No es un tema emocional: es un factor de riesgo con impactos medibles en salud. Expertas como Julianne Holt-Lunstad señalan que la soledad se asocia con un 26 % de incremento en la probabilidad de mortalidad y el aislamiento social con un 29 %. ¿Qué tiene que ver esto con el desarrollo urbano? Una ciudad que dificulta el encuentro, por movilidad hostil, inseguridad o falta de espacios de descanso y convivencia, convierte la soledad en un problema de salud pública, con efectos especialmente duros en mujeres mayores que viven solas o con redes debilitadas.
En este contexto se escucha últimamente el concepto de “ciudades amigables con las personas mayores”. El punto crítico es la capacidad real de convertir principios en rediseño y planeación urbana con indicadores, presupuesto y rendición de cuentas.
Diseñar ciudades que envejecen no es un reto técnico ni un asunto de buena voluntad. Es una decisión política que define quién puede habitar el espacio urbano con autonomía y quién queda confinado a la dependencia y el aislamiento. En un mundo que envejece aceleradamente, seguir construyendo ciudades para cuerpos que no envejecen es una forma de exclusión estructural. La longevidad urbana exige repensar movilidad, vivienda, seguridad y espacio público con enfoque de género y derechos. No hacerlo implica aceptar que vivir más años no garantice vivir mejor, especialmente para las mujeres.

El presidente de EU, Donald Trump, dijo que ya no se siente obligado a pensar solo en la paz tras no haber recibido el Premio Nobel de la Paz.
Al tiempo que repitió su deseo de hacerse del control de Groenlandia, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, dijo que ya no se siente obligado a pensar únicamente en la paz tras no haber recibido el Premio Nobel de la Paz.
En un mensaje dirigido al primer ministro de Noruega, Jonas Gahr Støre, Trump culpó al país por no otorgarle el galardón.
“Teniendo en cuenta que su país decidió no concederme el Premio Nobel de la Paz por haber detenido ocho guerras y MÁS, ya no siento la obligación de pensar únicamente en la paz, aunque siempre será lo preponderante (pensar en la paz)”, señala el mensaje al que tuvieron acceso medios de comunicación estadounidenses.
“Ahora puedo pensar en lo que es bueno y adecuado para Estados Unidos de América”, añadió el mandatario.
De acuerdo con el líder republicano, “el mundo no será seguro a menos que tengamos el control completo y total de Groenlandia”.
CBS News, el socio de la BBC en Estados Unidos, confirmó el mensaje y su contenido.
Støre informó que había recibido el mensaje el domingo en respuesta a un texto que él y el presidente de Finlandia, Alexander Stubb, le habían enviado a Trump.
El líder noruego dijo que habían expresado su oposición a la propuesta de aumentar los aranceles por la disputa sobre Groenlandia y apuntaron a la necesidad de que hubiese una desescalada de la situación.
En ese contexto, propusieron una llamada, el mismo día, en la que los tres participaran.
Støre le hizo ver que un comité independiente, no el gobierno de Noruega, otorgaba el Premio Nobel de la Paz.
Trump, quien no ha ocultado su deseo de ganar el galardón que se otorga anualmente, ha insistido cada vez más que Estados Unidos necesita tomar el control de Groenlandia por razones de seguridad nacional.
La isla ártica, poco poblada, pero rica en recursos, está muy bien situada para el funcionamiento de sistemas de alerta temprana, en caso de que se produzcan ataques con misiles.
Y también para el monitoreo de buques en la región.
El presidente estadounidense ha reiterado que quiere que su país compre Groenlandia y no ha descartado usar la fuerza militar contra un miembro de la alianza de seguridad de la OTAN para tomarla.
El fin de semana, Trump dijo que impondría, desde febrero, un arancel del 10 % a productos de ocho países aliados de la OTAN, si se oponen a su propuesta de adquirir Groenlandia y amenazó con aumentar ese porcentaje a 25% en junio.
Se trataría de productos que lleguen a Estados Unidos procedentes de Dinamarca, Noruega, Suecia, Francia, Alemania, Reino Unido, Países Bajos y Finlandia.
En su mensaje a Støre, Trump señaló que Dinamarca no puede proteger Groenlandia de Rusia o China y preguntó: “¿por qué ellos tienen ‘un derecho de propiedad’? No hay documentos escritos, es solo que un barco llegó allá cientos de años atrás, pero nosotros también tuvimos barcos que llegaron allá”.
“He hecho más por la OTAN que cualquier otra persona desde su fundación, y ahora la OTAN debería hacer algo por Estados Unidos”.
El primer ministro británico, Keir Starmer, indicó el lunes que cualquier decisión sobre el estatus futuro de Groenlandia “le pertenece solamente al pueblo de Groenlandia y el Reino de Dinamarca” y dijo que el uso de aranceles contra aliados era “incorrecto”.
El ministro de Defensa danés, Troels Lund Poulsen, y la ministra de Relaciones Exteriores de Groenlandia, Vivian Motzfeldt, se reunirán el lunes con el secretario general de la OTAN, el general Mark Rutte.
La semana pasada, los gobiernos de Dinamarca y Groenlandia, junto a aliados de OTAN, decidieron incrementar la presencia y los ejercicios militares en el Ártico y en el Atlántico Norte.
Varios países europeos enviaron pequeños grupos de personal militar a Groenlandia en una llamada misión de reconocimiento.
En su mensaje, Trump asegura que le ha puesto fin a ocho guerras desde que comenzó su segundo mandato como presidente, el año pasado.
El Premio Nobel de la Paz le fue concedido a la líder opositora venezolana María Corina Machado.
Cuando soldados estadounidenses atacaron Venezuela, capturaron y sacaron del país al presidente Nicolás Maduro, a quien Washington acusa de narcotráfico y otros crímenes, Trump no respaldó a Machado como la próxima líder del país, en cambio le mostró su apoyo a Delcy Rodríguez, la vicepresidenta de Maduro, que asumió como presidenta interina ante su ausencia.
Machado, quien ha elogiado a Trump, se reunió con el mandatario en la Casa Blanca la semana pasada y le dio su medalla del Nobel.
La Fundación Nobel dijo que el premio no podía “ni siquiera simbólicamente ser transferido”.
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