El rapero estadounidense ASAP Rocky fue declarado no culpable este martes, en un tribunal de Los Ángeles, de los cargos por un ataque con un arma semiautomática durante una pelea en 2021.
El músico, que arriesgaba décadas de prisión por la acusación, saltó de su silla al escuchar el veredicto y abrazó frenéticamente a Rihanna, su pareja y madre de sus dos hijos, presente en el juzgado y quien asistió al tribunal con los niños.
El artista, cuyo nombre es Rakim Mayers, enfrentaba dos cargos por el altercado con su otrora amigo Terell Ephron.
Mayers y Ephron, también conocido como ASAP Relli, formaban parte del colectivo de música urbana A$AP, fundado en Nueva York en 2006, pero la amistad se deterioró con los años.
Relli afirma que el día del altercado se encontró con el rapero en un estacionamiento en Hollywood, y asegura que Mayers sacó un arma y lo amenazó de muerte.
Tras discutir, ASAP Rocky se dio vuelta y se marchó. Pero según Ephron, siguió gritándole hasta que Mayers se volteó, le disparó y una bala le rozó una mano.
Durante tres semanas de juicio, la Fiscalía calificó a Mayers como una persona agresiva capaz de abrir fuego contra un viejo amigo en una discusión.
Mientras que la defensa, por su parte, sostuvo que Ephron sentía envidia del éxito alcanzado por Mayers y que la motivación detrás de la acusación era económica. Joe Tacopina, abogado de Mayers, también afirmó que el arma del ataque era de utilería y no real.
Ninguna de las partes presentó el arma que se utilizó en la pelea.
El jurado demoró casi cuatro horas para liberar de culpa al rapero de 36 años.
“En resumen, estamos agradecidos por el jurado. Ellos vieron que este caso era un espejismo”, dijo Tacopina a los medios congregados afuera de la corte.
“Dijimos desde el primer día que era inocente (…) Y siempre he dicho que esto era una extorsión”, agregó.
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De momento, no hay reacciones de Mayers ni de Rihanna.
A$AP Rocky fue detenido por el caso en abril de 2022 en el Aeropuerto Internacional de Los Ángeles, a donde llegó en un avión privado desde Barbados, donde vacacionaba junto a Rihanna.
Fue liberado bajo fianza.
Antes del inicio del juicio, rechazó un acuerdo con la Fiscalía que le podría haber garantizado una sentencia de seis meses de cárcel si admitía uno de los cargos.
Rihanna mostró su apoyo acudiendo varias veces al tribunal y el viernes publicó una serie de videos de la pareja en conmemoración del día de San Valentín.
A$AP Rocky saltó a la fama en 2013 con su primer álbum Long. Live. A$AP, y luego se consolidó con su At. Long. Last. A$AP.
Pero en los últimos años su relación con Rihanna y algunos escándalos le han ganado más titulares que su música.
En julio de 2019 fue detenido durante un par de semanas por una pelea en Estocolmo.
Aunque no es el único mandatario que lo ha hecho, muchos de los cambios de nombre ordenados por el presidente Donald Trump han causado polémica.
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, siempre ha entendido el poder que tiene una marca y un nombre.
Como un hombre de negocios reconocido en los medios, él ha puesto su apellido en las fachadas de sus rascacielos y en muchos productos, desde hoteles hasta vinos.
Ahora, está en medio de su mayor y más ambiciosa campaña de marca hasta ahora: el propio Estados Unidos.
En su primer día en la Oficina Oval, firmó una orden ejecutiva rebautizando el Golfo de México como el Golfo de América.
Denali, el nombre de un reconocido monte en Alaska, fue nombrado de nuevo monte McKinley, en referencia al presidente William Mckinley, asesinado en 1901.
A la base militar de Fort Bragg, que fue bautizada así en homenaje a un general confederado, se le cambió el nombre hace unos años por el de Fort Liberty. Ahora, con Trump en la presidencia, tendrá de nuevo su nombre original, pero esta vez en homenaje a un soldado menos controversial de la II Guerra Mundial.
El republicano no es el primer presidente que cambia nombres. Fue el demócrata Barack Obama quien cambió el nombre del Monte McKinley por el de Denali, tras años de campaña de grupos indígenas del estado de Alaska.
Mientras, el republicano George W. Bush cambió el nombre del Bosque Nacional del Caribe en Puerto Rico por el Bosque Nacional El Yunque en 2007, con la idea de reflejar la herencia indígena de ese territorio.
En 2023, durante la presidencia de Joe Biden, el Departamento de Defensa cambió el nombre de nueve bases militares, incluida Fort Bragg.
En el fondo de esas decisiones hay un deseo de mostrar a Estados Unidos y sus valores bajo una luz particular.
“El acto de nombrar es un modo que tienen los presidentes de formar o reformar su visión sobre el país”, le dice a la BBC Allison Prasch, profesora en la Universidad de Wisconsin-Madison.
Las decisiones de Trump en su segundo mandato están enviando un mensaje claro sobre sus prioridades, dice la experta. “Está elevando una visión muy nacionalista e imperialista de EU”, agrega.
Algunos de los nombres que ha elegido Trump se refieren a la era expansionista de EU, cuando había la idea de que el país norteamericano tenía la misión divina de expandirse de costa a costa.
Por ejemplo, parte del legado de McKinley fue su rol en anexar Puerto Rico, Guam, Filipinas y Hawái al territorio de EU.
Cuando cambió el nombre de Denali de nuevo a McKinley, Trump señaló que quería homenajear a McKinley porque él “había hecho al país muy rico a través de aranceles y talento”.
Y es una ideología que parece estar en la agenda de Trump, cuando habla de tomar de nuevo el control del Canal de Panamá, comprar a Groenlandia y que Canadá se convierta en el “estado número 51”.
Mientras tanto, renombrar el Fort Bragg es el último capítulo de un debate en marcha sobre el legado de la Confederación.
Durante el primer mandato de Trump, el Congreso estadounidense le ordenó al Pentágono renombrar las bases militares que rendían homenaje a militares de la Confederación.
Trump trató de vetar la ley del Congreso, señalando que “nuestra historia como la nación más grande del planeta no puede ser manipulada”.
Pero el Congreso aprobó la medida con apoyo de ambos partidos.
El historiador Connor Williams, quien estuvo en el comité para renombramiento del Fort Bragg en 2021, cree que rendir homenaje a la Confederación es un error.
“Lo que hace que la Confederación no sea digna de conmemorarse es que tiene poco que se pueda redimir. Ellos traicionaron a EU”, dice Williams.
“Lo que conmemoramos, lo que celebramos, las muestras públicas que hacemos, donde ponemos nuestros homenajes, allí es donde el presidente tiene la habilidad de señalar lo que él piensa que es importante”, añade.
En 2023, la administración de Joe Biden cambió el nombre de Fort Bragg, que rendía homenaje al general del ejército de la Confederación Braxton Bragg, por el de Fort Liberty.
“Tomamos esta oportunidad para hacernos mejores y buscar la excelencia. Esto es lo que siempre hacemos y siempre vamos a hacer”, dijo el general Christopher Donahue durante la ceremonia de renombramiento.
Sin embargo, el cambio de nombre creó sentimientos encontrados entre los legisladores, el personal militar de Fort Bragg y la comunidad local.
“Entiendo las razones detrás del cambio y tengo que aceptarlo porque ha sido un gobierno elegido democráticamente que ha determinado qué es lo mejor”, dijo Jimmy Keefe, miembro del gobierno local cuando se hizo el cambio de nombre.
“Pero lo que no me gusta es que personas que han tenido experiencias positivas en Fort Bragg, que han tenido hijos allí o matrimonios, ya no tendrán ese vínculo con el nombre de Fort Bragg”, agregó.
Esta semana, el secretario de Defensa de EU, Peter Hegseth, restauró el nombre de nuevo a Fort Bragg. Pero esta vez, dijo que la base era bautizada así en homenaje al soldado Roland Bragg, quien luchó en la II Guerra Mundial.
“Es cierto. Bragg está de vuelta”, dijo Hegseth.
Legisladores republicanos que representan a las personas que viven en la base militar expresaron su entusiasmo sobre el cambio.
“Bautizar a Fort Bragg por el soldado Roland Bragg, quien obtuvo la medalla de plata y el corazón púrpura en la II Guerra Mundial, siempre fue la mejor decisión”, dijo en cuenta de Facebook el senador Ted Budd.
Pero a nivel nacional, muchos de los cambios de Trump han sido controversiales.
Una encuesta de la Universidad de Marquette señala que el 71 % de los adultos no apoyan cambiar el nombre del Golfo de México.
Y algunos de esos cambios han creado debates sobre cuál debe ser la visión de la historia de EU y cuál debe ser el criterio que debe prevalecer.
Una encuesta realizada por Alaska Survey Research sugirió que el 47 % de los votantes de Trump en Alaska estaban a favor del cambio de nombre del monte McKinley.
Pero en general, los habitantes de Alaska se opusieron al cambio de nombre por un margen de dos a uno, informó el diario Juneau Express.
Los demócratas y republicanos de la legislatura de Alaska se unieron para aprobar una resolución instando a Trump a no cambiar el nombre del monte Denali.
“Cambiar oficialmente el nombre no sólo deshonraría a quienes han luchado para proteger el legado de Denali, sino que también desestimaría las voces de las comunidades nativas cuyas raíces están entrelazadas con esta tierra”, dijo la representante de Alaska Maxine Dibert, demócrata y miembro de la comunidad indígena Koyukon Athabascan.
El tiempo dirá si los cambios simbólicos de nombre de Trump perduran. Pero las discusiones sobre ellos no muestran signos de amainar.
Esta semana, la Casa Blanca bloqueó la entrada a un reportero de Associated Press en la Oficina Oval porque la agencia de noticias mantuvo al Golfo de México en su popular manual de redacción.
La editora ejecutiva de AP, Julie Pace, calificó la decisión de “alarmante” y dijo que violaba los derechos de libertad de expresión establecidos en la Constitución.
Mientras tanto, Google, que ahora utiliza el nombre Golfo de América en sus mapas para los usuarios estadounidenses, ha comenzado a eliminar las críticas negativas que se hacen en sus páginas sobre el cambio de nombre.
Cambiar el nombre del Golfo de México a Golfo de América podría ser una apropiación de tierra (o agua) sólo en el papel, pero su simbolismo es innegable, explica Prasch.
Y va más allá de la geografía para tocar una fibra sensible sobre cómo el país se ve a sí mismo y a su historia.
“De hecho, creo que esto es mucho más que cambiar el nombre de una masa de agua en un mapa”, anota . “Es una decisión fundamentalmente retórica sobre cómo pensamos sobre la historia de la nación”.
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