Los dreamers llegaron a los Estados Unidos cuando tenían tres, cuatro, cinco o unos cuantos años más. Ahora, ya como adultos, se preparan para defender sus derechos y los de sus familias ante las amenazas de deportaciones masivas del presidente Donald Trump.
“Yo creo que Trump tiene esos pensamientos por el miedo de que sabe cuánto poder hay en la gente mexicana”, dice Katia, una joven que llegó a los Estados Unidos junto a su familia cuando solo tenía cinco años.
La falta de oportunidades llevó a los padres de Katia a salir de Zamora, Michoacán, rumbo al país vecino, donde trabajaron en fábricas o limpiando oficinas para que ella pudiera concluir su carrera en Psicología y su maestría en Pólizas Educativas y Culturales.
Katia es jefa de personal de Edgar González, un integrante del Partido Demócrata de la Cámara de Representantes de Illinois, estado en el que se encuentra Chicago, conocida por ser una “ciudad santuario” debido a la cantidad de migrantes que ahí habitan y a las políticas proteccionistas del lugar.
Katia pudo acceder a la Acción Diferida para los Llegados en la Infancia (DACA), un programa que regulariza la estancia de unos 500 mil jóvenes que entraron a los Estados Unidos siendo menores de edad, lo que les permite estudiar y trabajar sin el riesgo de ser retornados a sus países de origen.
Aunque el presidente Donald Trump no se ha pronunciado por expulsar a los dreamers, como se le conoce a los beneficiarios de DACA, estos jóvenes miran con temor el regreso del republicano a la presidencia de los Estados Unidos, cargo que asumirá por segunda ocasión desde este lunes 20 de enero.
“Todos estamos trabajando en lo que somos expertos para estar lo mejor preparados posibles, pero para algo así, lo que va a ser un proceso sin humanidad, siento que nunca vamos a estar preparados para eso”, comenta Katia en entrevista.
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Los temores de Katia y de otros dreamers están basados en el discurso de odio que Donald Trump ha promovido desde que fue presidente de Estados Unidos en su primera etapa, entre 2017 y 2021.
El republicano perdió ese cargo frente al demócrata Joe Biden en 2021, pero cuatro años después volvió a ganar las elecciones y amenaza con deportar a millones de mexicanos, a quienes acusa sin pruebas de ser generadores de violencia en su país.
Aunque los dreamers tienen un documento que les permite desarrollar su vida en territorio estadounidense, hay una cláusula que indica que si salen de Estados Unidos el gobierno puede reservarse su reingreso, de acuerdo a jóvenes que hablaron con Animal Político.
“Tenemos miedo de que estando fuera del país, él (Donald Trump) decida hacer una acción ejecutiva donde no nos deje el derecho de volver a entrar. El otro miedo es, por ejemplo, si perdemos ese papel que también fuera imposible regresar al país”, relata Katia, quien regresó a México después de 23 años de estar fuera.
Katia y otros dreamers visitaron la Ciudad de México los días previos a la toma de protesta de Donald Trump como presidente. El jueves pasado visitaron la Secretaría de Relaciones Exteriores (SRE) y el viernes dieron una conferencia de prensa en la Cámara de Diputados.
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“¡Where we are from no nos rajamos!”, exclamaron los jóvenes que fueron acompañados por la diputada migrante Roselia Suárez. Los jóvenes aprovecharon su visita al recinto legislativo para pedir el respaldo de sus compatriotas.
“Necesitamos el apoyo de nuestra gente, estamos aquí presentes, tomamos el riesgo de venir hasta acá para demostrar que somos visibles, tangibles y tenemos un sueño”, expresó en la Cámara de Diputados Isaac Morales, un joven originario de la Ciudad de México que se fue a Estados Unidos a sus 15 años.
Este lunes 20 de enero, mientras Donald Trump rendirá protesta, los dreamers junto con organizaciones sociales se manifestarán por sus derechos. Será el arranque de una lucha que durará, al menos, los siguientes cuatro años.
A pesar del miedo que les pueda generar el regreso de Donald Trump, los dreamers están dispuestos a luchar no solo por ellos, sino por sus familias, ya que muchos de sus padres o madres no han logrado regularizar su estancia en Estados Unidos.
“Nuestra familia, las personas que nos educaron y que nos dieron nuestros valores y nuestras morales, ellos todavía siguen en la sombra, ellos todavía siguen siendo indocumentados, y en eso especialmente creo que los dreamers tenemos una responsabilidad de abogar para nuestros padres”, comenta Luis, asistente legal en una organización social que lucha por los derechos de los migrantes.
Luis llegó a Estados Unidos cuando tenía tres años, luego de que su papá, un exagente de policía de Morelos, y su mamá, una trabajadora del hogar, consideraron que en México no había suficientes oportunidades para sacar adelante a sus hijos.
En un principio su idea era vivir de forma temporal en Estados Unidos, pero Luis y su hermana, que nació en Estados Unidos, comenzaron a hacer su vida ahí y sus padres decidieron quedarse. Desde entonces su papá ha trabajado en el área de la construcción y su mamá lo hace en una fábrica.
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Alondra y Yadira, quienes llegaron a los Estados Unidos a los cuatro años y los 11 años, respectivamente, son otras dos dreamers que en días pasados visitaron México para hablar con autoridades de nuestro país.
Yadira ahora tiene 30 años y estudió Trabajo Social. Actualmente labora dando informes de servicios de gobierno en español a las familias que solo hablan o que prefieren este idioma.
“Con la llegada de Donald Trump yo tengo más tristeza de ver que en Estados Unidos en vez de ir progresando estamos yendo para atrás”, lamenta Yadira.
Al igual que a sus compañeros, a ella le preocupa la seguridad de su familia, pues sus padres no han podido regularizar su estancia.
Alondra, una jóven de 23 años que recién concluyó la carrera de Comunicación, comenta que dentro de su familia no lo han hablado, pero saben que la llegada de Donald Trump afectará su agenda y las dinámicas que ahora realizan.
La dreamer va más allá de eso y advierte que el riesgo para los migrantes no solo será Donald Trump, sino todas las personas que piensen como él y que sean animados por el discurso de odio del presidente.
“La llegada de Donald Trump va a tener un efecto en eso, en que las personas que se sigan aprovechando de los indocumentados y que los indocumentados tengan ese sentimiento de que no puedan usar su voz”, advierte Alondra.
En su regreso a la Casa Blanca, Donald Trump cuenta con mayoría en ambas cámaras del Congreso y con una Corte Suprema conservadora que, en varias ocasiones, ha favorecido su agenda. Aquí te contamos cuáles pueden ser las limitaciones al poder del mandatario estadounidense.
Donald Trump regresa este 20 de enero a la Casa Blanca con una agenda de grandes cambios en Estados Unidos.
“Gobernaré con un lema sencillo: promesas hechas, promesas cumplidas”, dijo el mandatario en su primer discurso luego de las elecciones presidenciales del 5 de noviembre.
Esa noche, Trump dijo que convertiría a EE.UU. en el mejor país del mundo.
Entre sus propuestas está seguir construyendo el muro limítrofe con México para sellar las fronteras del país y, sobre todo, expulsar del país a millones de extranjeros indocumentados en lo que asegura será la “mayor deportación” de la historia de Estados Unidos.
También ha prometido reducir la burocracia gubernamental, bajar los impuestos e imponer un sistema de aranceles de 10% a 20% a la importación de la mayor parte de los productos extranjeros que, en el caso de China, llegarían a 60%.
Para lograr estos objetivos, Trump cuenta con un partido republicano que ha cerrado filas en torno a su figura y que dispone de mayoría tanto en la Cámara de Representantes como en el Senado, lo que configura lo que los estadounidenses denominan como “trifecta” o gobierno unificado.
Esto significa que las cosas empiezan a funcionar al estilo de los sistemas parlamentarios unicamerales, donde una mayoría toma el control del Congreso y del gobierno, actuando como un todo unificado que puede hacer prácticamente lo que quiere, dice a BBC Mundo Mark Peterson, profesor de Políticas Públicas, Ciencia Política y Derecho en la Universidad de California Los Ángeles (UCLA).
Además, la Corte Suprema de Justicia -que encabeza el tercer poder independiente del Estado- cuenta en estos momentos con una mayoría de seis jueces conservadores (tres de ellos nombrados por Trump durante su primer mandato) frente a tres jueces liberales, lo que aumenta la probabilidad de que las iniciativas del gobierno reciban luz verde por parte del máximo tribunal.
¿Significa esto que Donald Trump gobernará sin ningún tipo de contrapeso? No.
Aquí te contamos seis posibles límites al poder casi absoluto del nuevo presidente.
Los republicanos cuentan con mayorías en ambas cámaras del Congreso. Sin embargo, no se trata de una ventaja holgada que pueda garantizar la aprobación de todas sus propuestas.
Los resultados de las elecciones de noviembre otorgaron al partido de gobierno 220 legisladores frente a 215 de los demócratas. No obstante, desde entonces tres congresistas republicanos renunciaron a su escaño para ocupar otras posiciones y eso supone que al menos durante unos meses, la ventaja de los republicanos en la Cámara Baja se reduce a dos votos, lo que les deja muy poco margen de maniobra.
“Es la mayoría más débil que ha habido en tiempos modernos. Y aunque los republicanos están ahora extremadamente alineados, es muy difícil mantenerlos a todos unidos frente a temas muy complicados para lograr que ese control nominal de la cámara se convierta en un control absoluto”, apunta Peterson.
En la Cámara Alta, los republicanos cuentan con 53 senadores, frente a 47 de los demócratas. Eso significa que aún les faltan 7 votos para contar con la mayoría calificada necesaria para aprobar medidas importantes.
“A menos que todo lo que quieran hacer pueda empaquetarse a través del mecanismo de reconciliación, los demócratas pueden vetar casi todo”, indica Peterson.
La reconciliación es un procedimiento especial que permite al Senado aprobar de forma expedita medidas presupuestarias contando con una mayoría simple de votos (51, en lugar de 60). En las últimas décadas ha sido empleado con frecuencia debido a la extrema polarización que hay en el Congreso estadounidense, pero no se puede aplicar en todos los casos.
“Los presidentes que han tenido la oportunidad de hacer cambios importantes han llegado al poder con una victoria aplastante, con mayorías dominantes en la Cámara de Representantes y el Senado del orden del 60% de los escaños o más. Ese no es el caso ahora, por lo que será realmente sorprendente si Trump, trabajando con sus aliados republicanos, puede hacer realmente el tipo de cosas de las que ha estado hablando”, señala Peterson.
El experto destaca que durante la primera mitad de su primer gobierno, Trump contó con una trifecta, así como con una mayoría aún más holgada que la actual en la Cámara de Representantes y la única ley importante que logró aprobar fue un recorte de impuestos.
Aunque en la Corte Suprema hay una mayoría de seis jueces conservadores y tres de ellos fueron nominados por Trump, eso no es garantía de que todas las iniciativas del gobierno vayan a recibir el visto bueno.
Es cierto que en su actual configuración, el máximo tribunal estadounidense revirtió la protección federal al derecho al aborto que existía desde la década de 1970 y que esa medida contó con el apoyo de los nuevos magistrados, tal como había prometido Trump que ocurriría durante su campaña de 2016.
Esa Corte Suprema también estableció que los presidentes tienen derecho a “inmunidad absoluta contra el procesamiento penal” por aquellas acciones de carácter oficial que realicen durante sus mandatos, lo que libró a Trump de varios juicios que estaban en marcha en su contra.
Esa decisión dejo claro, no obstante, que los presidentes no cuentan con esta misma inmunidad en las acciones que no tienen relación con su rol oficial.
Además, el máximo tribunal desestimó las denuncias que hicieron Trump y los republicanos con el fin de intentar revertir los resultados de las elecciones presidenciales de 2020, y rechazó los intentos del gobierno de Trump de poner fin al programa DACA, que protege a centenares de miles de personas que llegaron a EE.UU. sin papeles siendo menores de edad.
También mantuvo en vigor algunas protecciones de la Ley de Cuidado de Salud Asequible (popularmente conocido como Obamacare), así como otras disposiciones que protegen a las personas LGBTI+ de sufrir discriminación en los lugares de trabajo, en ambos casos contradiciendo los planes de los republicanos.
Más allá de la Corte Suprema, de acuerdo con un estudio del Centro Pew, 60% de los jueces activos en cortes de distrito en Estados Unidos fueron nominados por mandatarios demócratas, mientras que solamente 40% fueron postulados por presidentes republicanos.
“El Poder Judicial sigue siendo una tercera rama importante del gobierno con un alto grado de independencia y, además, la mayoría de sus integrantes no han sido nombrados ni por Trump ni por los republicanos”, apunta Peterson, quien subraya además que se supone que los jueces deben tomar sus decisiones guiados por la ley y por los precedentes establecidos por la Corte Suprema.
El hecho de que Estados Unidos sea un estado federal trae consigo importantes limitaciones a los cambios que se pueden aplicar desde la Casa Blanca.
La décima enmienda constitucional otorga un amplio número de competencias a los gobiernos de los estados.
Tradicionalmente los estados han tenido competencias sobre seguridad, salud, beneficios sociales, educación, procesos electorales, derecho penal, regulaciones laborales y leyes sobre la propiedad.
De igual modo, los condados y ciudades tienen responsabilidades en temas de seguridad pública, planificación urbana, uso de las tierras, entre otros.
Esas competencias permiten que desde esas instancias de gobierno puede hacerse resistencia u oposición a algunas de las iniciativas que impulse Trump.
“Los demócratas definitivamente van a utilizar estas competencias ahora en contra del gobierno Trump”, vaticina Peterson.
“Vivo en California, el estado más grande del país, la quinta economía más grande del mundo. No es universalmente democráta, ni liberal ni progresista, pero va fuertemente en esa dirección. Y este será un estado, como muchos otros, que hará lo posible para hacer cosas independientemente de lo que quiera el gobierno de Trump o para desafiarlo, tal como Texas y otros estados desafiaron a los gobiernos de Biden y Obama en el pasado”, agrega.
En la actualidad, 23 de los 50 estados del país cuentan con gobernadores demócratas.
La colaboración o resistencia de las autoridades estatales y locales puede ser un factor determinante en algunos planes de Trump como la deportación masiva de migrantes, pues es una tarea difícil y compleja que requiere apoyos locales.
Muchas ciudades y estados se han declarado como lugares “santuario” para los migrantes, por lo que que limitan su cooperación con el gobierno federal en este campo.
Durante el primer gobierno de Trump, en las filas republicanas hubo quejas porque no lograron impulsar su agenda política tanto como querían debido, en parte, a su propio desconocimiento sobre cómo funciona el Estado y la burocracia, pero también debido a la resistencia que encontraron por parte de funcionarios públicos, el llamado servicio civil, que objetaron o ralentizaron la ejecución de órdenes que consideraron ilegales o inapropiadas.
Hacia el final de ese mandato, Trump aprobó una orden ejecutiva que le iba a permitir despedir a miles de empleados públicos y reemplazarlos por sus partidarios.
Esa medida fue derogada por Biden, pero el programa de campaña de Trump contemplaba su reinstauración.
De hecho, de cara a este segundo gobierno, varios grupos conservadores cercanos al nuevo mandatario elaboraron bases de datos con miles de profesionales leales a su proyecto político e ideológicamente afines con los cuales buscarían sustituir a los funcionarios públicos.
Esta iniciativa, sin embargo, puede enfrentarse a una fuerte resistencia institucional, legal, política y sindical.
“Creo que habrá tribunales que reaccionen contra eso. El servicio civil existe por una razón y hay una ley que lo ampara. Por eso, no habrá una erosión masiva y un ataque a los empleados federales, hasta el punto de reestructurar el gobierno de una forma sustancial”, dice Peterson.
“Sin embargo, sí habrá cosas marginales que marcarán una diferencia. Por ejemplo, cuando el Ejecutivo decide trasladar las oficinas de una institución fuera de Washington DC a otros lugares del país, eso hará que algunos funcionarios renuncien a sus cargos porque no pueden trasladar a sus familias”, agrega.
Cuando Trump llegó a la Casa Blanca por primera vez, los medios de comunicación de tendencia liberal realizaron una cobertura crítica de su gobierno, mientras que sindicatos y organizaciones de la sociedad civil se movilizaron para bloquear muchas de sus iniciativas por vía de la presión ciudadana o de los tribunales.
En el caso de los medios de comunicación, la situación ha cambiado un poco.
Ejemplo de ello es lo ocurrido con el diario The Washington Post que durante el primer gobierno de Trump llevó un registro de cada vez que el mandatario decía una mentira o desinformaba (más de 30.000 en cuatro años).
Por contraste, en los últimos meses de la reciente campaña, este medio decidió no publicar su acostumbrado editorial en el que fija posición sobre las elecciones y, en este caso, preveía dar un espaldarazo a la candidata demócrata, Kamala Harris.
Lo mismo hizo otro diario tradicionalmente liberal, Los Angeles Times.
El hecho de que Jeff Bezos, fundador de Amazon y dueño de The Washington Post, haya acudido a reunirse con Trump en su residencia de Mar-a-Lago, en Florida, es otro elemento destacable.
En paralelo, muchos otros medios han mantenido firme su postura crítica frente a los planteamientos del nuevo gobierno de Trump.
Lo mismo puede decirse de numerosas organizaciones de la sociedad civil como la Unión Estadounidense de Libertades Civiles (ACLU, por sus siglas en inglés), que cuenta con 1,7 millones de afiliados y que ya ha anunciado su intención de tratar de detener la puesta en práctica de algunas de las propuestas del nuevo mandatario.
“La victoria del presidente electo Trump significa que si implementa las políticas con las que ha amenazado desde que dejó el cargo en 2020, más familias inmigrantes serán separadas, más personas enfrentarán daños graves debido a las restricciones de salud reproductiva y utilizará al gobierno federal como arma contra los manifestantes y los opositores políticos”, dijo la ACLU en un comunicado tras conocerse la victoria de Trump.
“Emprendimos acciones legales contra la administración de Trump más de 430 veces cuando estuvo la primera vez en el cargo. Tenemos la estrategia para contraatacar y ganar una vez más”, agregó el texto.
La capacidad que tendrá Trump de llevar adelante su agenda de gobierno también dependerá de cómo esta encaje con las verdaderas preocupaciones de los ciudadanos y cómo sea percibida por estos.
En especial porque, aunque Trump ganó el voto popular, no consiguió un apoyo realmente mayoritario de los ciudadanos.
“El presidente Trump ganó la elección. Es un hecho indiscutible. Pero lo hizo con el 49,9% del voto popular -menos de la mitad de los votantes- y con un margen de apenas 1,5% puntos porcentuales sobre Kamala Harris. Esa es una de las victorias más ajustadas para un presidente”, apunta Peterson.
El experto destaca además que en el conjunto de electores que le apoyaron no todos están comprometidos con sus propuestas más radicales.
“Una parte importante son los partidarios MAGA [siglas en inglés del lema Hagamos de Estados Unidos Grande de Nuevo]: ellos apoyarían lo que Trump quiera hacer. Otra parte son republicanos a los que no les gusta Trump, pero que lo prefieren porque siendo conservadores quieren impuestos más bajos, menos regulaciones, etc”.
“Y luego hay un grupo grande de personas que votaron por Trump porque la inflación era muy alta, querían un cambio y él era la opción que tenían para conseguirlo”, afirma.
Peterson advierte que muchos de esos votantes no apoyarían, por ejemplo, la eliminación de Obamacare, ni quieren que se acabe con el gobierno federal o con el servicio civil; o que se deroguen las políticas contra el cambio climático.
Este es un factor que presionaría hacia la moderación del gobierno, no solamente porque puede afectar la popularidad de Trump sino también las opciones de los congresistas republicanos de lograr reelegirse en los comicios de mitad de periodo en 2026.
¿Y qué haría Trump si enfrenta este tipo de resistencia ante alguna de sus propuestas?
“Él se adaptará según sea necesario y, luego, culpará a otros por no haber logrado su objetivo”, prevé Peterson.
El experto recuerda que esto ya ocurrió a inicios del primer gobierno de Trump, cuando la popularidad del Obamacare creció mientras el gobierno se esforzaba por derogarlo, por lo que al final la Casa Banca tuvo que mantenerlo en vigor y conformarse con hacer algunos cambios menores.
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