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La fotografía acompaña mi soledad
La fotografía acompaña mi soledad
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La fotografía acompaña mi soledad
13 de agosto, 2011
Por: Moisés Castillo
@WikiRamos 
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Dicen que las imágenes nos revelan algo sobre el mundo y sobre nosotros mismos y que ese algo, aunque parezca disparatado, nos delata de veras lo que somos. Y las imágenes de la fotógrafa Maya Goded tienen una carga emocional escalofriante: el viento va arrastrando ciertas voces, las personas hablan, se extravían sus pisadas y miradas. Al final cae el desamparo azul de la mañana.  Los personajes que retrata Maya le dan plena existencia. Mira a través de su cámara: deshielo de reflejos.

Maya crea imágenes con fuertes y dulces sensaciones que invitan a revivir rostros que ya no son, aire que no existe. Mira a los ninguneados: niños de la calle, putas de La Merced y de Reynosa, pueblos negros de la Costa Chica de Guerrero, las muertas de Juárez, personas con VIH-SIDA, las brujas de los pueblos. Miedo de ser dos: camino del espejo.

¿De dónde viene esa mirada?

Su niñez marcó su trabajo y los temas de sus fotos. Vivió dos realidades: su madre nació en Nueva York y su padre mexicano tiene raíces de la guerra civil española. Los abuelos de Maya eran republicanos y se conocieron tras el exilio en el único hotel que había en Acapulco.

Recuerda Maya que cuando tenía sólo ocho meses de nacida, su padre fue encarcelado cuatro años en el temible Palacio de Lecumberri, luego de los sucesos del movimiento estudiantil de 1968. Estudiaba arquitectura en la UNAM y era un joven con fuertes ideales de izquierda. Su madre recién había pisado la ciudad de México e irremediablemente tuvo que dejar la antropología y, por invitación de unas amigas norteamericanas que vivían en la capital, dio clases de inglés en escuelas bilingües para hacer frente a una realidad desbordante.

Maya asistió a colegios tipo Alexander Bain donde su madre trabajaba y sentía que no tenía nada que ver con su realidad, con la familia mexicana, sus abuelos españoles. En esas escuelas no sabían nada de la matanza de Tlatelolco y de los presos políticos. Maya miraba sin comprender. Por otro lado, la familia estadounidense era sofisticada, tenía otro tipo de vida. Por ejemplo, su abuelo de Nueva York tocaba la batería en una banda de Jazz y cada vez que viajaba a la Gran Manzana sentía una soledad desconocida.

“Siento que aprendí de mis dos familias. Hay muchos tipos de vida y siento que eso lo he llevado conmigo. Puedo estar en el Centro Histórico, luego a lo mejor termino con unos amigos que viven en la Roma. Siempre me he movido en muchos ambientes, estilos de vida y es lo que me gusta”.

En la escuela, Maya no podía hablar de su padre que estuvo preso por defender sus convicciones políticas. Tenía que tragarse un montón de palabras. Se acuerda perfectamente que estaba con su abuela y desde la ventana veían a una patrulla de la policía que siempre se colocaba vigilante frente a su casa. Y de ahí viene la necesidad de Maya de capturar el tiempo en un click: sí existe lo que vivo.

“Siempre he tenido esta cosa de ¿será cierto? Me pasaba mucho de chica ¿será cierto lo que vi o no? ¿Me lo estarían inventando o lo modifiqué? ¿Será verdaderamente la realidad?”

Maya Goded es una de las fotógrafas más reconocidas fuera de México. Recientemente recibió de la Embajada Real de los Países Bajos el Premio Príncipe Claus 2010. Dicho galardón se entrega anualmente a personas, grupos y organizaciones de África, Asia, Latinoamérica y el Caribe, que hayan realizado importantes aportaciones a la cultura y desarrollo de sus países.

 

Pueblos negros

El tío abuelo Antolín es una figura importante para Maya, a pesar que no lo conoció. Él estaba en una prisión clandestina en España por la terrible guerra civil y su hermano que había escapado de ese infierno, lo ayudó a venir a México para que renovara su vida. Antolín es un mito familiar, por lo menos para la fotógrafa que en sus inicios usaba una cámara Pentax.

Maya siempre escuchaba a su padre contar historias extraordinarias del tío Antolín, que era piloto aviador y viajaba por la ruta Pinotepa Nacional-Acapulco. Decía que había en la Costa Chica de Guerrero decenas de pueblos negros, que eran lugares mágicos, casi irreales.

 

A los 18 años de edad, el padre de Maya decidió visitar a su tío favorito para que por fin le enseñara esos poblados donde el viento canta al oído, pero justo antes de partir se enteró de que su avión se había desplomado en la sierra guerrerense. Nunca pudo ver su cuerpo.

Casi a la misma edad, a los 20 años, Maya trabajaba en el Instituto Nacional Indigenista (INI) y casualmente le encomendaron hacer un trabajo de campo en la Costa Chica. Convivió con varias comunidades que su padre no logro ver cuando era joven. Para Maya era una oportunidad inmejorable de descubrir los mitos familiares y ver con sus propios ojos lo que su padre le contaba del tío Antolín.

 

“Todo tiene una relación con mi niñez, fue como buscar y tener una opinión de todos estos temas que se hablaban en casa. Constatar que vi esos lugares fue extraordinario, aunque también es muy subjetiva la foto, no es la realidad. Fue real lo que sentí en ese momento”.

Así, Maya propone al INI y a la Dirección General de Culturas Populares un trabajo fotográfico que dé a conocer a esa gente de los pueblos negros de Guerrero, Oaxaca y Veracruz, ya que no existían referencias e imágenes de estas comunidades. Al final, esas fotografías se convirtieron en el primer libro de Maya titulado Tierra Negra (1994).

 

Mujeres de La Merced

A Maya le fascinaba caminar por las calles de la ciudad de México. Un día se percató que siempre pasaba por la zona de La Merced, un barrio peligroso, conocido por la prostitución que ejercen muchas mujeres por necesidad o bajo la amenaza de los “padrotes”. Maya siempre se sentaba en una vieja banca en la Plaza Loreto, detrás de Palacio Nacional, para observar los movimientos de la gente que vivía ahí o que simplemente pasaba el rato.

 

Fueron tantas las visitas a ese lugar que Maya ya conocía de vista a varias mujeres que trabajaban en las esquinas del barrio. Se dio cuenta cómo era la vida cotidiana en las vecindades, iglesias y hoteles de paso, de los niños y ladrones, que formaban una escenografía sombría de la prostitución, que ha perdurado en ese punto de la ciudad por más de cuatro siglos.

Un día decidió llevar su cámara y fotografiar a esas mujeres sin nombre, las olvidadas, las “mujeres malas”. A Maya le interesaban más las mujeres mayores, las maternales y a una de ellas le dijo que si podían entrar a un cuarto de hotel para sacarle unas fotos. Sin planear mucho la sesión, tomó varias instantáneas y así fueron los siguientes días con varias prostitutas hasta que Maya descubrió que estaba embarazada. De manera casi obsesiva, quiso entender aun más a las mujeres y así misma.

“Buscaba los secretos y significados que llevamos encerrados en nuestro cuerpo. Quería hablar de amor y desamor. Quería saber de mujeres. Fotografié prostitutas, sus gentes, el barrio”.

Dice Maya que conoció a mujeres increíbles como Paty, Marcela, Evelia, pero la que se robó su corazón fue Carmen. La encontró sin saber que la estaba buscando. Carmen estaba harta de tener una doble vida. En su familia la condenaban pero disfrutaban del dinero que ganaba todos los días. Justo el momento que la conoció le preguntó “oye, conoces a un hombre que no le importe tomarse una foto contigo”. Carmen con una sonrisa traviesa le contestó “pues me está gustando mucho un señor de Tepito”.

Así surgió la foto de Carmen y su novio, que tiempo después se convertiría en su esposo. Maya fue madrina de la boda y se han acompañado por muchos años.

El 11 de febrero de 2006, Carmen fundó con el apoyo de otras mujeres la Casa Xochiquetzal, refugio para prostitutas de la tercera edad.

Carmen le confesó a Maya que los hombres siempre les dicen que las van a sacar de trabajar y todas alguna vez se han ilusionado con esas palabras, pero “regresas a ser puta, porque al final siempre serás una puta para todos”.

La serie de fotografías de las mujeres de La Merced derivó en el libro Plaza de la soledad (2006). En sus páginas, Maya afirma que del mundo de estas mujeres “perdidas” que para todos son la parte “oscura” de nuestra sociedad, aunque no queramos o no nos importe todos formamos parte.

Las muertas de Juárez

Trabajar en la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal con el grupo de la sicóloga Elsa Conde y conocer la realidad de las mujeres de La Merced, le permitió a Maya mirar más allá, a la frontera norte. Ese grupo que defendía los derechos de las mujeres en la capital fue quien la invitó a conocer la cara cruel de ciudad Juárez.

Maya recuerda a Juárez con una vida nocturna espléndida y bailaba y bailaba. Ahora es la desolación y miedo.

“Si todavía estoy tratando de superar lo que pasaron mis abuelos, que son refugiados y ya pasó mucho tiempo, cuántas generaciones pasarán para que se cure Juárez de esta guerra que no acaba”.

La serie de las muertas y desaparecidas de Juárez ha sido lo más difícil que ha fotografiado. Para ella fue desconcertante hablar de alguien que no estaba presente. Le indignó la impunidad de los cientos de feminicidios. Nunca imaginó que el ser humano pudiera ser tan despiadado. Escuchó y le dolieron las historias desgarradoras que le contaban decenas de madres y trató de comprender el sufrimiento indescriptible de las familias.

Para ello, decidió saltar del blanco y negro al color, porque necesitaba hablar de otro tipo de sentimientos como la muerte y la ausencia. No sabía cómo observar a través de la lente este hecho que sacudía al país. Lo que sí tenía claro era evitar fotos de cuerpos descuartizados, exhibir el terror y ser participe de la humillación que sufren las mujeres aún estando muertas.

Maya fotografió los lugares donde las madres encontraron los cuerpos de sus hijas, como Lomas de Poleo; captó los cuartos de las chicas desaparecidas, sus escuelas, las cartas que dejan, sus ropas, los lugares que frecuentaban. Surgieron oleadas de silencio.

Sin embargo, le fue muy mal en ciudad Juárez. Nunca se sintió cómoda, le robaron dos cámaras y equipo. Las publicaciones periodísticas no mostraron interés en sus fotografías porque “ya habían sacado algo parecido o eran historias pasadas”.

La tragedia de Maya apenas iniciaba. En el hotel barato donde se hospedaba trataron de entrar a las 2 de la mañana y de inmediato pidió auxilio. Literalmente querían derrumbar la puerta y vivió momentos de angustia que se le hicieron eternos. Sin titubear, pidió asilo por varios días a una madre de Juárez. Llegando a la ciudad de México le detectaron un virus extraño que la tumbó casi un mes en la cama. No podía mover las manos ni agarrar su cámara.

Nada estaba funcionando para Maya. Pensó que hacer un foto reportaje en Montes Azules, Chiapas, junto con un periodista gringo podría darle un cambio de aire a su infortunio. Pero la mala suerte no se despegaba de ella: ambos fueron secuestrados. Perdió el gusto por la fotografía.

En la prestigiosa Magnum ya no se sentía a gusto ante la presión que significa ser parte de esta agencia internacional de fotografía. Extrañaba ser independiente y estaba cansada de pensar una y otra vez ser la mejor fotógrafa. Esta carga emocional nunca la pudo manejar bien y su pasión por la foto se esfumó.

Maya es la única latinoamericana en Magnum, lista a la que se añaden pocas mujeres: la francesa Lise Sarfati, la belga Martine Franck y las estadounidenses Eve Arnold y Susan Meiselas.

“Perdí la emoción por ahí de los 25 años. Viajar sola es para mí la foto. En la agencia Magnum hubo un momento que hice fotos por hacerlas. Mis viajes me empezaron a dar miedo y nos los disfrutaba. Decidí volver a retomar el gusto por estar sola, por conocer gente. Agarré el coche y aceleré”.

Dice que al fotografiar a mujeres vulnerables de alguna manera se retrata a ella misma, porque también es muy frágil y vivió en un hogar delicado. No se considera una mujer “valiente” por viajar a lugares peligrosos como ciudad Juárez, porque desde niña ha sido miedosa y quizá sus fotos le ayudan a controlar ese temor que siente por dentro. En la frontera norte se le cruzaron recuerdos que pensaba había enterrado, temores y voces de soledad que ha reproducido toda su vida.

“Para mí la fotografía es estar sola. Últimamente he estado viajando con más gente, pero realmente casi toda mi vida he viajado sola y la fotografía ha sido un acompañante en mi soledad. Siento que cuando estoy sola te relacionas con la vida de forma muy diferente”.

La siguiente parada de Maya fue recorrer algunos pueblos y rancherías de Guanajuato, Zacatecas y San Luis Potosí en busca de una escuela de brujas. Este tema se convirtió en una fuerte inquietud luego de haber leído la investigación de una académica de la UNAM sobre la brujería y la inquisición en México. Aprovechando el viaje, Maya quería también que le hicieran una limpia “para que me quitaran ese pinche susto que tenía metido en el cuerpo. Una carga de tensión, tristeza, tenía algo raro”.

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