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La Gran Familia: maltratos, heces y celdas de castigo en casa de Mamá Rosa
La Gran Familia: maltratos, heces y celdas de castigo en casa de Mamá Rosa
11 minutos de lectura
La Gran Familia: maltratos, heces y celdas de castigo en casa de Mamá Rosa
Animal Político visita el albergue de Mamá Rosa. Internas denuncian privación de la libertad, malos tratos, abusos e intentos de suicidio, mientras los muchachos siguen viviendo en cuartos insalubres y la PGR hace recorridos a los reporteros.
19 de julio, 2014
Por: Majo Siscar (@majosiscar)
@ManuVPC 
Foto: Majo Siscar
Las autoridades aseguran que ya desecharon 20 toneladas de basura que durante 40 años se acumuló en el albergue ‘La Gran Familia’. //Foto: Majo Siscar

[contextly_sidebar id=”DzwrN1YcdxZ0zMViGSP4hZpAltQdpoJq”]Las imágenes del albergue La Gran Familia de habitaciones con colchonetas mugrientas y cobijas malolientes sobre literas de fierro, que tantas veces se han difundido desde el martes; se menosprecian al llegar a la esquina de los cuartos, donde rezuman tazas descompuestas repletas de heces y que pierden agua. La indignación aumenta al ver como niños y jóvenes siguen habitándolos, mientras policías, recogedores de basura, médicos y trabajadores del DIF revolotean arriba y abajo aplicando inyecciones, sacando toneladas de ropa, máquinas de escribir, computadoras o víveres de las bodegas.

Las autoridades aseguran que ya desecharon 20 toneladas de basura de lo que durante cuarenta años fue el hospicio de la controvertida Rosa del Carmen Verduzco, también apelada Mamá Rosa o La Jefa. Lavaron salones y los baños comunes. Pero, ¿porqué dejar las habitaciones del área varonil –que fueron a las que nos dieron acceso– en condiciones de insalubridad? Animal Político contó al menos cinco piezas dónde decenas de muchachos todavía conviven, literalmente, con la mierda. Los reporteros nos llevamos las mismas fotos el día del operativo, el martes 15, que el viernes 18. Ahora, en lugar de 19 o 21 chicos en esos cuartos, cómo eran antes del cateo, duermen solo una decena en cada uno. Al resto lo trasladaron a lo que fue el comedor, con colchonetas y cobijas limpias. Hay otros cuartos más pequeños, dependiendo de las instalaciones, hechas originalmente como una escuela.

“No teníamos con qué lavar”–alegan los muchachos. En algunos cuartos tienen trapeador, pero aseguran que La Jefa, apenas y les daba jabón.

“Aquí si querías algo lo tenías que comprar en la misma tienda de ella”, explica Juana, una joven que lleva más de siete años interna. Llegó a los 11 porque su madre, viuda y con dos hijos, no sabía qué hacer con aquella niña desobediente. Le dijeron que ahí la iban a corregir. Y según Juana, le fue “pior”. Al principio asegura que la trataron bien, pero luego empezaron los golpes. De otros jóvenes, o de la propia Jefa si no se portaba a su parecer.

“Era una persona muy estricta con nosotros, pero luego era muy corrupta. Siempre que tenía visita, nos vestían de gala, nos hacían quedar bien, íbamos con la orquesta, la sinfónica, el mariachi, pero todo tenía que ser como a ella le gustaba. Si no, luego nos agarraba a cachetadas. ¡Y tenía la mano bien pesada!, me hinchaba el cachete y a veces hasta me dejaba moretes”, confiesa Juana.

Trabajadores del DIF y recogedores de basura limpian el albergue de Mamá Rosa. //Foto: Majo Siscar
Trabajadores del DIF y recogedores de basura limpian el albergue de Mamá Rosa. //Foto: Majo Siscar
Los niños dormían hacinados en colchonetas. //Foto: Majo Siscar
Los niños dormían hacinados en colchonetas. //Foto: Majo Siscar
En este estado se encuentran los sanitarios en 'La Gran Familia'. //Foto: Majo Siscar
En este estado se encuentran los sanitarios en ‘La Gran Familia’. //Foto: Majo Siscar

¿Venderlos y venderles?

En diciembre pasado cumplió los 18 años pero no la dejaba salir hasta que su madre no pagase 40 mil pesos para llevársela. “¿Cómo los iba a pagar si con esfuerzo apenas podía pagar la colegiatura, 200 pesos cada 4 meses?”, espeta.

María Guadalupe ya tiene 30 años. Llegó a los 13, direccionada desde un albergue del DIF de Toluca, donde vivía desde que la abandonaran, cuando era un bebé. Lupe llevaba años pidiéndole su libertad a La Jefa, pero no la dejaba ir. “Tú no tienes a nadie ahí fuera, ¿Qué vas hacer, te vas a ir de puta?”, cuenta que le decía Verduzco. Desde los 24, que terminó la prepa ahí dentro, Lupe ejercía de maestra de los más pequeños y lavaba ropa ajena. Cada mes la fundadora le daba un vale de 25 pesos, a gastar en la tienda de raya que tenía allí dentro.

“Yo quería unos zapatos porque aquí teníamos que coser y recoser los viejos, quería champú, cosas de aseo que una mujer necesita, pero no me alcanzaba con eso”. Ahora presume unos zapatos de piso de lunares que le dieron los del DIF. Raras veces, les daban toallas femeninas y tenían que comprarlas con los vales o pedirlas a compañeras que tenían, a cambio de lavarles la ropa o hacerles algún mandado. Sí les daban dos uniformes y algo de ropa interior, pero con frecuencia los brasieres les quedaban chicos o los calzones grandes.

“A mi a veces mi madre me traía dinero, para que le diera a las muchachas que sí salían a comprar y me trajeran algo que ocupaba, pero tenía que ser todo a escondidas, porque si La Jefa te lo veía, te lo quitaba y te lo cambiaba por vales de su tienda, una tienda donde vendía lo que le regalaban para nosotros: champús, dulces…”, narra Juana.

María Guadalupe asegura que desde que llegó, hace 18 años, la encargada del sector femenil las maltrataba: “Nos desnudaba y nos pegaba, a mí me agarraba como balón de futbol, me tiraba al piso, me pisaba la cabeza y me golpeaba”. Era una interna que había crecido ahí dentro y que allí vivió varias décadas hasta que se fugó, según explica la joven. Ella niega que Verduzco le haya pegado, pero que sí mandaba quién lo hiciera. “Tenía su ejército, Quiro, Sito, Jero, Maiko,… Maiko sí creció acá, los demás venían de afuera”, relata Juana.

Uno de los jóvenes internos muestra las habitaciones del albergue. //Foto: Majo Siscar
Uno de los jóvenes internos muestra las habitaciones del albergue. //Foto: Majo Siscar
Mientras los jóvenes dormían sobre delgadas colchonetas, colchones todavía metidos en el plástico acumulaban suciedad en bodegas. //Foto: Majo Siscar
Mientras los jóvenes dormían sobre delgadas colchonetas, colchones todavía metidos en el plástico acumulaban suciedad en bodegas. //Foto: Majo Siscar
Los internos denuncian que les daban de comer vegetales y carne en mal estado. //Foto: Majo Siscar
Los internos denuncian que les daban de comer vegetales y carne en mal estado. //Foto: Majo Siscar

En cambio, Juana asevera que las cuidadoras las trataban mejor. “Claudia o La gorda, nos daban comida a escondidas, nos protegían, también los maestros nos apoyaban, pero no se podía enterar la Jefa”, narra. El peor castigo era que les mandaran a una suerte de celdas de aislamiento. Los hombres iban al “Pinocho”, una aula con un pocito para hacer sus necesidades donde los encerraban meses enteros con sus propios olores, sin bañarse, sin beber, sin comer más que lo que sus amigos les llevaban a escondidas.  A las mujeres, las encerraban en un baño sin agua de 6 am a 6pm. Luego, a la pieza a dormir con el estómago vacío y encerrada a cal y canto.

Abusos sexuales

Las mujeres dormían diez por cuarto, y al igual que los hombres, las encerraban con candado en las noches para que no se mezclaran. Sin embargo, eso no evitó embarazos. Los adolescentes buscaban la manera de ennoviarse y tener relaciones, sin ningún tipo de educación o prevención sexual.

“Aquí nadie se cuida”, dice con tanta naturalidad que suena a desprecio Juana, a quién desde hace tres meses no le llega el período, pero tampoco se ha hecho ninguna prueba. Mientras platica, otras jóvenes y no tanto, amamantan a sus bebés, y chamacos que no levantan un metro del piso corren a diestra y siniestra. Son días raros, de espera. Tienen que declarar ante la PGR, les hicieron pruebas de ADN para corroborar su identidad, y los que tienen familia a fuera –hay unos setenta padres durmiendo en el suelo junto al cordón que asegura el recinto del albergue– han podido ver a sus padres en turnos. Los más chicos no entienden por qué, si sus padres están fuera, ellos tienen que seguir ahí dentro. Los grandes, aún solos como María Guadalupe, igual ansían salir. “Trabajaré en alguna casa, recogeré basura, aunque sea, pero quiero tener mi propia vida”, espeta. Cumplirá 31 años pero parece mucho menor, en cómo habla, cómo se ve.

Afuera de los muros de La Gran Familia, una zamorana que podría tener su edad, tiene la vista clavada en el operativo policial y militar que custodia el organato. Cada día camina por ahí de regreso del trabajo, pero en los últimos cuatro, no sale de su asombro.

“Nunca han tenido una buena educación. Yo conozco una muchacha que salió de ahí porque conoció a su pareja tocando con la banda y él logró sacarla después de mucho pelear. Pero afuera no sabe qué hacer, solo sale de casa si va con él, es muy vulnerable. Si esa señora hubiera querido formar personas, así como hizo con la banda, hubiera formado panaderos, electricistas, o al menos hubiese puesto un restaurante donde fueran trabajando los que salieran y se autosustentaran, porque no es cierto que no tuviera dinero. Recolectaba mucho y todos aquí le dábamos. Se sabía que había violencia, el albergue era como un correctivo, había el entendido que metían a los niños ahí para que los pusieran en cintura. Y nos podíamos imaginar los abusos, porque era extraño que nacieran tantos niños, pero todo el mundo le seguía dando dinero. Aún cuando desde hace veinte años que se escuchan denuncias. Se decía incluso que ofrecía a las muchachas pero que como tenía mucho poder, nadie la tocaba. ¿Como es posible que alguien que manejaba tantos recursos del gobierno federal, estatal y municipal y tenía tantos niños no rindiera cuentas? Aunque fuera por seguridad o protección civil”, espeta y vuelve a la carga “¿Porqué nadie le exigía, y ahora sí? Hay muchos intereses políticos ahí”.

Adentro, al preguntar sobre los abusos, ambas chicas por separado señalan a un mismo hombre como violador, Sito. Trabajaba allí, arreglaba los instrumentos y era gente de confianza de Verduzco. “A mi se me metió a la pieza tres veces, viera, bien feo, me logré escapar, pero abusaba de nosotras, de los niños…”, recuerda con pesar Juana. A María Guadalupe se le entornan los ojos. “Yo dejé de dar clases porque él me acosaba”, relata. Las dos se han intentado suicidar. Lupe bebió cloro, Juana tiene más de diez cicatrices en la muñeca izquierda y otras dos en la derecha. Una de ellas reciente, todavía infectada. Se cortaba con una navaja de sacapuntas.

Nunca vieron un psicólogo, al médico solo si se complicaba mucho la enfermedad. Un apéndice para extirpar, un parto.

La comida la describen como muy mala. Con frecuencia les servían panes ya enmohecidos, frijoles con gusanos e incluso carne descompuesta. Los lunes, que llegaban las donaciones del mercado de abasto, se intentaban robar alguna cosa. La Jefa la dejaba por días en las bodegas, hasta que se acordaba. “Se le iban las cabras, se hizo vieja. Aunque siempre contaron las mismas cosas”, dice Juana.

Después de casi una hora de plática, consigo que ría. “Sí hubo cosas buenas: la música y los Reyes Magos, que nos traían regalos”. La última navidad ella y otras muchachas pidieron instrumentos nuevos, pero no tuvieron suerte. Juana toca cinco instrumentos: violín, guitarra, piano, clarinete y saxofón. Y cantaba en el coro como contralto. Quisiera poder seguir con la música ahora que salga, y acabar la prepa. Se quedó en tercero. Sin insistirle mucho, improvisa una tocada con un violín viejo que se amontona en la sala donde ahora su madre presta declaración ante la Comisión Nacional de los Derechos Humanos. No lo hace nada mal.

Foto: Majo Siscar
Foto: Majo Siscar

El tour del horror

-Sí, ahora que se junten varios, les hacemos el recorrido-, dice a los medios uno de los encargados de Comunicación Social de la PGR.

Mientras se organiza el recorrido encuentro a Juana, y me desvío. En el patio a Lupe. Luego un fotógrafo de la PGR me acompaña al sector varonil. –Pase, vea las tazas que tiene ahí. Mire el agua putrefacta. Tome, tome fotos, solo que no salgan las caras–dice sin pudor.

Los niños quieren contar, pero hay que alcanzar a los otros reporteros. Salimos de la zona habitacional y las aulas. Hay que salir a las calle porque lo separan muros de cemento enrejados sin sentido alguno. –Era para que no se fugaran. Que si rompían la pared encontraran los fierros­–, explica uno de los dos policías. A fuera, un patio de aproximadamente una hectárea con baldíos, almacenes y un corral.

En las bodegas, la basura se acumula: carros viejos, fierros, pupitres escolares usados, colchones dignos, sí amontonados, pero más nuevos y confortables que los que había en los cuartos. Conservas cuya lata ya se arrugó de tanto óxido, refrigeradores con vegetales y carne, lámparas, más muebles, ataúdes. Cinco ataúdes nuevos llenos de papel guillotinado.

–No sabemos para que los requería. Un muchacho nos dijo que ahí abajo enterró al Manitas, que él participó en el entierro­– Y señala un hoyo de tierra escarbada en un patio dónde la maleza limita con los muros de la zona habitacional­–Encontramos una sábana pero ningún resto–reconoce.

Fotografía de uno de los ataúdes encontrados en el albergue. //Foto: Majo Siscar
Fotografía de uno de los ataúdes encontrados en el albergue. //Foto: Majo Siscar
Muros enrejados... Según comentaron autoridades, Mamá Rosa temía que los internos pudieron romper las paredes de sus habitaciones para escapar. Por lo que puso rejas de hierro. //Foto: Majo Siscar
Muros enrejados… Según comentaron autoridades, Mamá Rosa temía que los internos pudieron romper las paredes de sus habitaciones para escapar. Por lo que puso rejas de hierro. //Foto: Majo Siscar
Foto: Majo Siscar
Alberca abandonada en el albergue. //Foto: Majo Siscar

Juana había explicado que el Manitas era un adulto ya grande, “casi de la tercera edad” que se enfermó y lo sacaron. Verduzco les dijo que lo había ingresado en el hospital pero en el albergue se rumoreaba que le habían cortado una mano y lo habían enterrado. Forma parte de los rumores internos, al igual que los fantasmas de niños muertos con los que se espantan unos a otros. La PGR anunció que haría prospecciones para ver si habían restos. Hasta ahora solo han encontrado algunas osamentas de reses. El hospicio cuenta con un corral dónde todavía hay cerdos y gallinas. Junto a la cerca hay una suerte de pozo o recogedero de agua, tapado con una reja.

–¿Para qué cree que era eso? Ahí castigaba a los que se escapaban–dice uno de los policías federales. No lo han comprobado todavía. Hay otra bodega, una choza para el vigilante y una alberca abandonada. Adentro de la alberca hay una cama de hierro reclinable, como de hospital, y a su lado izquierdo, tirada en el piso, una cuchara. En el derecho, una pala.

­–Ahí practicarían los abortos, con la cuchara, y luego enterrarían los fetos al lado de la alberca–especula ante la imagen.

La alberca está casi en el límite de las propiedades de Verduzco, atrás un muro la separa de unas casas bastante lujosas, con algunas ventanas que ven hacia el albergue y un estacionamiento a cielo abierto. Del estacionamiento se puede pasar perfectamente a ese terreno. Unos fierros mal puestos en el muro de los terrenos baldíos del albergue sirven de escalera.

–Eso podría ser una puerta trasera para venir y pasar desapercibido–dice el fotógrafo de la PGR y continúa:

–Mira este cuartito–una especie de bodega vacía con piso de tierra donde en un rincón hay dos sillas viejas de niño y un cochecito de plástico desvencijado– ¿para qué tendrían eso aquí nomás?

Los dimes y diretes corren como la pólvora, dentro y fuera de los muros de La Gran Familia. En el municipio de Zamora las opiniones están divididas. Mientras unos cuestionan a Rosa Verduzco y señalan que al menos, se enriqueció con el albergue, en la puerta del hospital donde permanece ingresada, un grupito de hombres le echan porras. “Esa mujer hizo mucho por los niños, ahora en la noche le vamos a hacer una misa”.

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