María cuenta conteniendo las lágrimas que su marido, un policía poblano de 41 años, fue víctima de una cadena de negligencias médicas que se prolongó por más de un año, producto de una ‘bacteria de quirófano’, y que concluyó la tarde del pasado 4 de marzo, cuando falleció luego de pasar horas sentado en una silla, semiinconsciente, agonizando, y sin que nadie del hospital del Instituto de Seguridad y Servicios Sociales de los Trabajadores del Estado de Puebla (ISSSTEP) lo atendiera hasta que ya fue demasiado tarde.
“Fue una negligencia total. Mataron a mi esposo y destruyeron a una familia dejando huérfanos a dos niños de tres años y a una esposa desamparada”, denuncia María, que pide que su nombre real y el de su esposo queden bajo resguardo para no entorpecer el proceso legal del caso.
Acompañada en la terraza de un hotel de la capital poblana por dos abogados del despacho Define Justicia Médica, que asesoran su caso, María toma una bocanada de aire para comenzar a narrar que todo empezó hace un año, cuando su marido Pedro sufrió una lesión en el ligamento cruzado anterior de la rodilla izquierda.
Tras ir a consulta, en la que le dijeron que debía someterse a una intervención quirúrgica debido a la gravedad de la lesión, el ortopedista del ISSSTEP, José Alejandro R., operó el 12 de febrero del año pasado a Pedro, a quien le colocó unos tornillos en la articulación y lo mandó días después de vuelta a casa, sin que ese doctor, ni ningún otro, le comentara a María que su esposo padeciera de alguna otra condición médica relevante, como la diabetes. Un dato, apunta la mujer, que más adelante cobrará importancia en el relato.
A los pocos días de estar dado de alta y en casa, el policía estatal comenzó a sufrir mucho dolor en la rodilla y a tener fiebre. La herida no cerraba bien y comenzó a supurar líquido. Pedro iba a las consultas de revisión con el ortopedista del ISSSTEP, quien, ante la complicación de la rodilla, según cuenta María, ahí mismo en su consultorio le extraía el líquido con una jeringa, “sin medidas sanitarias adicionales, ni aviso previo”.
En otra ocasión, la mujer narra que Pedro ya no aguantaba más el dolor en la rodilla, que estaba inflamada, y acudió a urgencias del hospital público. Pero ahí le dijeron que no podían atenderlo y que regresara a su cita programada.
“Mi esposo estuvo soportando días el dolor”, lamenta María, hasta que finalmente acudió a su cita y el doctor le dijo que tendría que operarlo de nuevo, porque quizá los tornillos “no eran compatibles con su cuerpo” o porque quizá “debían recortarlos” para que no rozaran el ligamento.
El 28 de octubre del año pasado, Pedro pasó de nuevo por el quirófano del doctor José Alejandro. Pero, a la salida del hospital, lo mismo: a los pocos días, el policía poblano volvía a tener la rodilla inflamada, con líquido, y con mucho dolor.
“Entonces, la solución que le dieron en el hospital fue que en casa él se apretara la herida para que saliera el líquido, y que se pusiera una pomada para cicatrización profunda que no tenían en el hospital y que tuvimos que comprar por fuera”, expone María.
Pero el dolor continuaba. Tanto, que un día de diciembre pasado Pedro comenzó a gritar espantado por una hemorragia en la rodilla. De inmediato, él y su esposa fueron a urgencias del hospital del ISSSTEP. Ahí, cuenta María, fue cuando su marido conoció en el área de espera de consulta a otro grupo de pacientes.
Tras platicar sus respectivos casos, los afectados ataron cabos, pues todos tenían historias muy similares: todos tenían dolencias en articulaciones, principalmente en rodillas y codos, todos habían sido operados en el mismo hospital y por el mismo doctor, y todos tenían el problema de que tras las operaciones las heridas llevaban meses sin cerrar bien, generándoles mucho dolor y hemorragias. Algunos de estos pacientes, incluso, temían que pudieran llegar a perder las extremidades lesionadas.
Tras meses de mucho dolor, inflamaciones y hemorragias, ocho afectados se organizaron y fueron a quejarse ante la dirección del hospital público, y llamaron a los medios de comunicación para exponer sus historias. Eso fue el 20 de diciembre de 2024.
“El ISSSTEP ofreció revisar los casos y resulta que salieron positivos a una bacteria de quirófano por el material quirúrgico que utilizaron en las operaciones, la cual ya llevaba alojada en ellos tiempo atrás y no había sido detectada, o al menos no les mencionaron nunca que la tuvieran”, explica María.
Animal Político buscó al ISSSTEP para pedirle una postura sobre este tema. Por medio de un escrito, la dependencia señaló que, en efecto, el especialista en Traumatología y Ortopedia del hospital solicitó el pasado 24 de septiembre del año pasado por medio de un reporte que se revisara “el proceso de esterilización de los equipos quirúrgicos utilizados” por “eventos adversos” en las cirugías de artroscopía realizadas a varios pacientes entre agosto de 2023 y marzo de 2024.
Asimismo, el ISSSTEP señaló en el escrito que se inició una investigación “del proceso de esterilización”, aunque no especificó en el texto cuál o cuáles fueron los resultados de esa investigación, ni las medidas que se tomaron.
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A partir de las quejas de los pacientes, entre los que se encontraba Pedro, la Dirección del hospital señaló en el escrito enviado a este medio que giró órdenes para asignar a un médico ortopedista a cada uno de los ocho afectados, y a todos se les realizó una nueva cirugía.
Tras esa operación, a Pedro lo volvieron a internar por 13 días en los que le suministraron antibióticos para la bacteria, y comenzó a mejorar de la herida en la rodilla. Pero el tratamiento no estaba completo. La esposa del policía cuenta que “una infectóloga externa al ISSSTEP, y contratada de forma subrogada por ese hospital público” le recetó un tratamiento posterior a base de Levofloxacino por un periodo que, asegura, se fue extendiendo hasta por más de 40 días; tratamiento con el que, según María, no estuvo de acuerdo el doctor del hospital encargado de atender a Pedro.
“El doctor Moreno nos hizo mención de que él no compartía que el suministro fuera por un tiempo tan largo, porque consideraba que podía dañar órganos internos, como riñones o el hígado, y que no se hacía responsable”, señala María.
Por su parte, el ISSSTEP confirmó en el escrito a este medio que se contrató “de forma subrogada la atención médica de una especialista en infectología clínica, quien proporcionó su opinión médica e indicó tratamiento antibiótico”, aunque no hizo mención sobre la duración del tratamiento.
Pedro, ante la desesperación por casi un año de no recuperarse, comenzó a tomar el antibiótico. Pronto empezó a experimentar fuertes dolores de estómago, al punto de ya no querer comer, y a tener vómitos. Pero la herida de la rodilla mejoraba rápidamente y el policía decidió continuar con el medicamento.
Pero el pasado 3 de marzo de este año, el hombre de 41 años salió de su casa para asistir a su consulta periódica de revisión, y ya no regresó a su casa.
Apretando los puños por la rabia, María cuenta que en este punto comenzó la segunda parte de la pesadilla médica. Su esposo se despidió de ella ese día con normalidad para dirigirse al hospital del ISSSTEP, en el fraccionamiento Rincón Dorado, en Puebla. Tenía la cita programada para las 16:30 horas.
En la tarde, Pedro se comunicó con María para comentarle que ya había pasado a la consulta y que se dirigía de vuelta a casa. Pero a lo largo de cuatro horas agónicas, el policía dejó de comunicarse y de responder a los mensajes de su esposa, hasta que a las 21:59 de la noche –María dice que recuerda muy bien el detalle–, Pedro la llamó y le dijo que se encontraba desorientado en su coche, muy cerca del área de Urgencias del Hospital, sobre la avenida Emiliano Zapata.
“Le dije que se fuera de regreso a Urgencias, pero a los minutos me volvió a marcar diciéndome que los vigilantes no le dieron acceso porque, según, no había espacio en el estacionamiento, y porque lo vieron en estado inconveniente, creyendo que iba alcoholizado”, plantea María, que cuenta que, poco después, su esposo le volvió a marcar diciéndole que ya no podía manejar y que “estaba vomitando negro”.
Con trabajo, Pedro le atinó para compartir su ubicación con su esposa, que se trasladó al lugar con su hermano, para auxiliarlo. Cuando llegó, se encontró con la puerta del conductor abierta y con Pedro desmayado encima del volante.
A las 11 de la noche, María accedió con su esposo a Urgencias. En el área de espera, primero sentaron a Pedro en una silla de ruedas, para luego quitársela y dejarlo en una silla, a pesar de su estado crítico. La mujer dice que pasó más de una hora sentado ahí, hasta que alguien se acercó a tomarle los signos vitales.
“Esto, a pesar de que en su expediente luego me di cuenta de que estaba la indicación de que podía acudir a Urgencias en el momento que se requiriera por una diabetes diagnosticada anteriormente, de la cual yo desconocía, pues sus médicos nunca me hicieron mención de ello, ni en sus muchas hospitalizaciones, ni en las consultas de rutina”, cuenta María.
Pasó otra hora, y Pedro perdía el conocimiento por momentos sobre la silla. Así, hasta que finalmente pasaron al consultorio número 1, donde, según el testimonio de María, la doctora en el turno de Urgencias dijo que no lo podía atender ante la gravedad del asunto y dio aviso a la Subdirección del hospital. Entonces, tras esperar más tiempo, bajó un miembro de esa área, que detectó que Pedro tenía los niveles de azúcar muy altos en la sangre y le suministró insulina.
“Para ese entonces, mi marido ya solo balbuceaba ‘ayuda, por favor, ayuda’”, cuenta María aguantando las lágrimas, a la par que recuerda que en ese momento comenzó a gritar desesperada para que ayudaran a su esposo.
“Pero mientras yo pedía ayuda, los médicos lo amarraron en la camilla porque decían que estaba muy inquieto, y comenzaron a acusarme sin ningún fundamento de haberle suministrado alguna sustancia que lo llevó a ponerse grave”.
Mientras tenía lugar la discusión, Pedro comenzó a convulsionar.
Poco después, entró en paro cardíaco.
A la mañana siguiente, a las 13.10 de la tarde del 4 de marzo, Pedro finalmente no resistió más, y aunque en la noche previa había aguantado el paro cardiaco, falleció.
María asegura que, tras la muerte, el forense del hospital le dijo de viva voz a ella y a familiares de Pedro que éste presentaba daños en el hígado, riñones y el corazón, aunque aún no cuentan con el informe forense como tal, donde podrán consultar a detalle las causas del fallecimiento. No obstante, a falta de ese informe, María apunta que su esposo no presentaba dolencias en esos órganos, por lo que sospecha que esos daños pudieron haber sido ocasionados por el medicamento recetado por la infectóloga para combatir a la bacteria que contrajo en el quirófano del ISSSTEP, y que se tomó por mucho más de 15 días.
Sobre esto, el ISSSTEP solo refirió en su escrito que Pedro falleció a causa de “una acidosis orgánica con perfil toxicológico positivo”. Es decir, que murió por una sustancia tóxica, aunque el instituto de salud no especificó sí se debió al consumo de alguna droga (ni cuál), medicamento, o producto de alguna afección como pancreatitis, que de acuerdo con especialistas médicos consultados también puede generar una intoxicación en la sangre que lleve a la muerte.
María, por su parte, rechaza que su esposo consumiera drogas. “El punto central es que mi esposo murió por una cadena de negligencias médicas, que empezó con una bacteria, siguió con un medicamento que le hizo mucho daño, y terminó ese último día estando horas sin ser atendido en Urgencias hasta que falleció”, dice.
Por todo lo anterior, la mujer tomó la decisión de interponer una denuncia ante el Ministerio Público por el homicidio culposo de su marido.
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Carlos Espinosa Reyna es abogado del despacho Define Justicia Médica, que colabora con diversas asociaciones civiles para apoyar a víctimas por temas de negligencia médica y Responsabilidad Patrimonial del Estado, mismo que está asesorando a María en la denuncia por homicidio culposo.
En entrevista, Espinosa recalca que, una vez analizado el caso y a reserva de que el estudio dé mayores elementos, parece un caso de “daños por malpraxis médica; así como de múltiples negligencias administrativas y médicas por mal manejo del instrumental quirúrgico que, al parecer, no estaba bien esterilizado y que desencadenó en infecciones en las cirugías de varios pacientes”.
Hasta el momento, el abogado señala que tienen conocimiento de, al menos, 17 casos en total que fueron atendidos por el mismo doctor ortopedista del ISSSTEP –“todos llegaron con dolencias en articulaciones, principalmente, en rodillas, codos y tobillos”– y que resultaron contagiados por diferentes tipos de bacterias, provocándoles diversas complicaciones. Aunque, hasta ahora, el caso más grave ha sido el de Pedro, ya fallecido, que además presenta la particularidad de otra posible negligencia al recibir un tratamiento muy agresivo por más días de los establecidos en la normativa médica.
“Está indicado que sean 15 días para que el tratamiento sea efectivo. Luego, se suspende, se deja descansar el organismo, y luego se puede retomar. Pero en este caso (de Pedro), nos comentan que se lo llegó a tomar por más de 40 días, pudiendo haber llegado, incluso, hasta los 90”, plantea el abogado, que denuncia que “las autoridades no han prestado la atención suficiente a este caso”.
“No es un tema ni una tragedia menor. Ya hubo una defunción por estas negligencias, y hay pacientes en riesgo de perder una extremidad”, recordó Espinosa, especialista en derecho de daños, responsabilidad civil, derecho sanitario y Director de Define Justicia Médica.
En plena frontera con Estados Unidos, un pequeño pueblo mexicano presta servicios dentales a miles de estadounidense que cruzan la frontera a pie todos los días. Un reflejo de la interacción entre ambos países que hoy está en tela de juicio. Crónica.
“Son muy amables, cariñosos y considerados con mi fobia”, dice, mientras hace fila para volver a Estados Unidos.
Los Algodones es un pequeño pueblo mexicano de 10.000 habitantes en la frontera con Estados Unidos donde uno de cada diez habitantes es dentista. El dato me lo confirma la alcaldesa, Herminia Marín; también dentista.
Le llaman “la capital mundial dental”, o “ciudad muela”.
Y cada día es visitado por entre 3.000 y 5.000 norteamericanos que vienen no solo al dentista, sino a tomarse un par de margaritas, comerse unos tacos y bailarse unas “rolas”.
Nancy vive en un pueblo de Wisconsin llamado Cleveland que está a 3.000 kilómetros de esta población. Es febrero y por estos días la temperatura en el norte de EE.UU. promedia los cero grados centígrados. Se reporta una tormenta, nieve. Y acá, mientras tanto, hace sol y la temperatura no baja de los 15.
Su esposo Bruce, un grandulón de bigote ranchero que lleva una gorra con la frase “no estoy en el campo porque estoy acá”, añade: “Volamos hasta aquí (Arizona), alquilamos un coche, nos quedamos un par de noches, fuimos al dentista, nos ahorramos miles de dólares y de paso disfrutamos de unas agradables vacaciones”.
Como esta pareja de jubilados, gente de toda Norteamérica se desplaza al sur de Estados Unidos sobre todo durante los meses invernales; parquea su auto en un gigante estacionamiento y cruza la frontera a pie para entrar a Los Algodones.
Alguna jerga coloquial les llama “los ángeles de la nieve”, o “las aves migratorias”.
Son turistas que luego se van de México con una sonrisa reluciente, fascinados por la hospitalidad de meseros y dentistas. Un flujo migratorio que revela cómo es —o cómo ha sido por décadas— la interacción cultural y comercial entre mexicanos y estadounidenses, a pesar del muro de acero de 10 metros de alto que se ve desde cualquier punto del pueblo.
Los Algodones fue, como su nombre lo indica, un epicentro de la pujante industria algodonera que se desarrolló en el norte de México durante el siglo XX, tuvo su mayor auge durante la Segunda Guerra Mundial —que disparó la demanda por la fibra— y cayó en parcial decadencia a partir de los años 70.
Aunque los cultivos de algodón aún se ven cada tanto en la zona, durante las últimas décadas la economía de la frontera se volcó a los servicios para estar más a tono con la demanda que viene del norte.
“Todas las ciudades de la zona norte de México, sin excepción, reciben gigantescos volúmenes de demanda, a veces incluso promovidos por las mismas farmacéuticas, por servicios médicos desde Estados Unidos”, dice José Zavala, un ingeniero y experto en desarrollo del Colegio de la Frontera, en Tijuana.
“Lo que pasa es que en Los Algodones eso se nota más porque es un poblado pequeño y porque en esa zona, al norte de la frontera, hay muchos campos de retiro”, explica.
La interacción entre el norte de México y el sur de EE.UU. es histórica, arraigada, casi estructural. Millones de familias crecieron a ambos lados. Hasta los años 70 los norteños podían cruzar sin pasaporte. Lo que se ve en Los Algodones es una postal de una relación comercial y cultural de gran envergadura.
Una relación que con Donald Trump en la presidencia, con la amenaza de los aranceles a la importaciones mexicanas y con su mano dura hacia los migrantes, se ha puesto en tela de juicio. Pero que, precisamente por su arraigo histórico, es difícil de interrumpir.
“Los aranceles van a entorpecer, por supuesto, pero la continuidad de la intensa relación económica es muy difícil de desaparecer”, asegura Zavala.
Carlos Rubio fue uno de los primeros dentistas de Los Algodones en los años 80. Oriundo de Sinaloa, cuando joven vino a la frontera a probar suerte y se encontró con una demanda por servicios dentales que lo llevó a especializarse y montar un consultorio que hoy es una sofisticada clínica dental.
Mientras me da un recorrido, le pregunto qué tipo de sonrisa les gusta a sus clientes, y entonces una de sus asesoras, de origen venezolano, mete la cucharada entre risas: “A los gringos les obsesiona la sonrisa blanca tipo bleach“.
Rubio, que reside en Yuma, Arizona, y cruza todos los días al trabajo, opina que “el sistema de salud estadounidense no es social. De 300 millones que son, un 60% no tiene seguro dental o lo tiene de manera parcial. Eso son entre 80 millones y 160 millones de personas con mala cobertura. O sea entre 80 y 160 millones de oportunidades para nosotros”.
Según la Asociación Dental Americana, un tercio de los adultos entre 19 y 64 años no tiene seguro dental a pesar de tener seguro médico. Y la gran mayoría de los seguros dentales no cubren más que una limpieza o un control.
Para todo lo demás los estadounidenses no tienen otra opción que sacar decenas de miles de dólares de sus bolsillos. O ir a Los Algodones.
Roger Graves es un veterano de guerra de Florida que vino con su esposa y su hija por cuarta vez a Los Algodones a hacerse tratamientos dentales. Esta vez se quedaron un par de noches, y hacen si fila para volver a cruzar la frontera con maletas y entre vendedores ambulantes de artesanías y alimentos mexicanos.
“Yo tengo seguro médico por ser veterano, pero no incluye tratamientos dentales, y como mis ingresos son los de un retirado, así como los de mi esposa, esta opción es muy buena para nosotros”, dice.
Según sus cálculos meticulosos, se ahorró entre un 67 y un 75% de dinero con venir acá.
“El sistema médico estadounidense necesita ser arreglado, es demasiado caro”, añade, en una queja que todos los entrevistados coinciden.
“Es un sistema inflado, solo un poco”, dice con ironía June Spinler, originaria de Iowa pero que pasa los inviernos en el sur.
Y Juan Ramón Soto, un campesino de origen mexicano que es ciudadano estadounidense, añade: “Me puedo sacar todos los dientes aquí y ponérmelos de nuevo y aun así me va a salir más barato que sacarme una muela allá”.
La falta de regulación de precios, la fragmentación del sistema, el poder de las farmacéuticas y los costos administrativos, entre otras cosas, hacen del sistema de salud estadounidense el más caro del mundo.
El mexicano también tiene profundos problemas, pero en el norte ha desarrollado una infraestructura moderna con especialistas entrenados para aprovechar la demanda que viene de EE.UU.
Y lo hacen con esa hospitalidad típica de los mexicanos: te recogen en carrito de golf en la frontera, te llevan al consultorio y luego dejan en alguna de las plazoletas de comida al aire libre donde te comes unas enchiladas, te tomas una margarita y escuchas música en vivo.
June Spinler lo resume así: “Es como un negocio de ventanilla única. Lo tienes todo en un solo lugar”.
Así parece más fácil luchar contra la fobia al dentista.
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