
Desde hace 25 años B.G. vive en Minnesota. Es originaria de Axochiapan, Morelos, a donde regresa con frecuencia, pues apoya a personas mayores en el trámite de visas de turismo a Estados Unidos, para que puedan reunirse con sus hijos y sus nietos que llevan años como inmigrantes.
Su proyecto se llama “Club Axochiapan Uniendo Corazones”, nombre con el que aparece su página de Facebook, en la que recibe solicitudes de apoyo y publica acerca de los viajes que realiza con adultos mayores para reunirlos con sus familias y que conozcan la ciudad de Minnesota. También recibe peticiones de migrantes que viven en otros puntos de Estados Unidos.

“Llevo a papás con visa para visitar a sus hijos que radican allá y que por su estatus legal no pueden viajar a México. Los gastos los cubren sus familiares, yo vengo por ellos y me llevo un grupo de 10 o 7“, cuenta B.G.
En el 2000 sus papás viajaron a Estados Unidos gracias a que el gobierno de Cuernavaca los apoyó para tramitar su visa. Después de ser beneficiaria de este programa, la mujer de 50 años decidió apoyar de manera voluntaria a otras familias para que puedan viajar y convivir con sus hijos.
Tal como pasó con ella, dice que la mayoría de familias de migrantes en Estados Unidos cuentan con integrantes que llevan años viviendo allá pero sin documentos para salir del país de forma libre, por lo que requieren apoyo para que sus parientes los visiten.
Acerca de la posibilidad que tuvo de ser visitada por su familia, afirmó sentirse “súper agradecida porque mi papá ya estaba un poco delicado, él padecía Parkinson y yo aún no podía viajar fuera, mis hermanas tampoco, pero ansiábamos vernos”, hasta que pudieron reunirse, y entonces “entendí el sentir de otras personas cuando llegan sus familiares. Desde entonces cada que llevo a alguien es como revivir todo de nuevo”.
La última vez que acompañó a un grupo, cuenta, los adultos mayores “la pasaron muy mal, porque fueron los dos meses más intensos de migración. Tanto ellos como sus hijos permanecieron encerrados, no hubo paseos y fue muy triste, pues ellos iban a conocer el estado y a convivir, pero no había manera de salir“.
A diferencia de otros viajes, en esta ocasión no compartió fotografías de las actividades en las que participaron los turistas ni de los reencuentros de las familias, “por seguridad de los hijos y de ellos”.
Desde el inicio de la Operación Metro Surge, en diciembre pasado, el Servicio de Control de Inmigración y Aduanas de Estados Unidos (ICE por sus siglas en inglés) ha detenido a más de 4 mil personas en Minnesota.
Debido al incremento de arrestos de personas inmigrantes y del asesinato de los ciudadanos estadounidenses Renee Good y Alex Pretti por agentes ICE, la ciudad de Minneapolis ha sido escenario de diversas protestas.
Hace algunas semanas, B.G. participó con un grupo de danzantes en una de las protestas contra los operativos de ICE. Después viajó a México, donde junto con sus vecinos organizó una manifestación que recorrió las calles de Axochiapan el mismo día que se convocó a una huelga general en Minnesota por el descontento de la ciudadanía contra las autoridades federales.

Ya de regreso en Estados Unidos, cuenta que se fue contenta de México: “el mensaje era solidarizarnos con las familias que tienen paisanos allá, que supieran que su familia está presente en un momento difícil como el que están pasando”, aun con el retiro de 700 agentes que fue anunciado por Tom Homan, ‘zar de la frontera’ de la administración de Trump.
A pesar de llevar décadas en Minnesota, B.G. comenta sentir miedo ante los recientes operativos de ICE, porque “no es cuestión de estatus legal, es una cuestión de racismo“.
Reconoce que en este tiempo las familias inmigrantes han contado con el apoyo de ciudadanos estadounidenses, por lo cual aún con el temor a los operativos, junto con otros danzantes participa en las manifestaciones que se realizan en el estado.
“Desde chiquillas íbamos a ensayar con unos vecinos que llevaban una mesa de danza, pero como estábamos muy chiquillas se nos hizo muy difícil, porque eran puras personas grandes. Luego emigré a los 18 años y en Minnesota me empecé a involucrar con la danza“, cuenta.
“Llevo diez años en la danza. Comencé a conocer un poquito más, porque nuestra capitana ha llevado gente de México, abuelos que nos enseñan de las tradiciones y pasos. Ahora se celebran fiestas patronales con danzantes y todo”, lo que de acuerdo con Belén “me hace sentir orgullosa de mis raíces”.
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El grupo al que pertenece tiene alrededor de 150 danzantes, quienes se presentan en distintos espacios vistiendo ropa y accesorios tradicionales. “Sabemos que hay gente muy racista en ciertos lugares, pero en Minneapolis aman la cultura mexicana, incluso hay una estatua de Zapata. Hemos llevado mucha cultura y muchos morelenses radican allá”, remarca Belén.
Además de ser danzante, trabaja como recepcionista en un hospital. Aun cuando no se encuentra en una presentación, utiliza joyería tradicional: “no como para decir véanlo o pregúntenme, pero nunca dejo de portar algo de mi cultura, porque tampoco es bueno desaparecer, quedarnos callados o escondidos“.
A pesar del despliegue federal y el miedo que recorre las calles de Minnesota, B.G. continúa su labor. Entre el hospital, la danza y la gestión de visas, su vida es un puente que sobrevive a las redadas. Su mensaje es simple, pero poderoso: en tiempos de persecución, la mejor defensa es no desaparecer, seguir portando la identidad con orgullo y, sobre todo, no dejar de luchar por el derecho fundamental de todas las familias a volver a encontrarse.

Aunque el gobierno de Delcy Rodríguez ha asegurado que las decisiones que han ido tomando fueron acordadas de manera “unilateral”, varias se han producido después de que fueron anunciadas desde Washington.
Caracas, 3 de enero de 2026, 1:55 de la madrugada.
Una serie de estruendos despierta a los habitantes de la capital venezolana, mientras que los destellos de las explosiones y el ruido de las aeronaves y helicópteros que sobrevuelan la ciudad confirman lo que se esperaba desde hace meses: Estados Unidos ha lanzado un ataque militar contra el país sudamericano.
“EU ha realizado con éxito un ataque a gran escala contra Venezuela y su líder, el presidente Nicolás Maduro, quien, junto con su esposa (Cilia Flores), ha sido capturado“, escribió horas después el presidente Donald Trump en su cuenta de Truth Social, dando así por concluida la inédita operación.
El mandatario republicano anunció que la pareja fue “trasladada fuera del país” y, horas después, las autoridades estadounidenses confirmaron su traslado a Nueva York.
Dos días después, la hasta entonces vicepresidenta, Delcy Rodríguez, asumió el mando como presidenta encargada de Venezuela.
Hoy, mientras Maduro y Flores esperan en sus celdas del Centro de Detención Metropolitano de Brooklyn (MDC, por sus siglas en inglés) a que llegue el 17 de marzo, fecha de su próxima aparición ante el tribunal federal para responder por cargos de narcotráfico y narcoterrorismo, en el país que gobernaron durante más de 12 años se vienen produciendo una serie de cambios forzados por Washington que, hasta hace solo semanas, parecían imposibles.
Destacamos algunos de ellos.
Una de las primeras acciones adoptadas por las autoridades venezolanas fue ordenar una serie de excarcelaciones de opositores, líderes sindicales, activistas de derechos humanos, periodistas y manifestantes que permanecían recluidos desde hacía meses, muchos de ellos en procesos calificados de arbitrarios por organismos internacionales.
La decisión fue presentada como “un gesto unilateral” para “consolidar la paz de la República y la convivencia pacífica”, según declaró el presidente de la Asamblea Nacional, Jorge Rodríguez.
A lo largo de este mes, las autoridades han asegurado que más de 600 personas han dejado sus celdas.
Sin embargo, esta cifra ha sido puesta en duda por colectivos de familiares y organizaciones de derechos humanos como el Foro Penal Venezolano, que hasta el 1 de febrero había verificado 344 excarcelaciones de los más de 600 “presos políticos” que contabiliza.
En lo que parece un intento por acelerar este proceso, el pasado 30 de enero la presidenta encargada, Delcy Rodríguez, anunció: “Hemos decidido impulsar una ley de amnistía general que cubra todo el período de violencia política de 1999 hasta el presente”.
“Que sea una ley que sirva para reparar las heridas que ha dejado la confrontación política”, abogó, al tiempo que informó que cerrará El Helicoide, una de las sedes de los servicios de inteligencia venezolano y centro de detención que tanto la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) como la Misión de Naciones Unidas para Venezuela han calificado de “centro de torturas” contra la disidencia.
Días antes Trump escribió en su red Truth Social: “Me complace informar que Venezuela está liberando a sus presos políticos a un ritmo acelerado, y se prevé que este ritmo aumente en las próximas semanas”.
Los anuncios de Rodríguez van a contracorriente de lo sostenido por Maduro y otros altos funcionarios chavistas hasta no hace mucho.
“Esta vez no va a haber perdón, lo que va a haber es (cárcel) de Tocorón”, advirtió el heredero del fallecido Hugo Chávez a quienes protestaron contra su controvertida reelección en julio de 2024.
Semanas después, más de 2 mil personas terminaron tras las rejas, según datos de la fiscalía venezolana.
“Aquí no va a haber ni ley de amnesia ni ley de impunidad ni ley de amnistía ni conciliación ni reconciliación”, declaró en 2016 el ministro del Interior, Diosdado Cabello, cuando el anterior parlamento controlado por la oposición impulsó una ley similar, la cual fue bloqueada por el gobierno y por el Tribunal Supremo de Justicia (TSJ).
Y aunque las autoridades han mostrado cierta tolerancia hacia las acciones de calle —en particular las vigilias que los familiares de los presos vienen realizando frente a distintas cárceles y centros de reclusión—, mantienen el decreto de estado de conmoción que permite encarcelar a cualquiera que se burle de la captura de Maduro.
“Ni una gota de petróleo puede salir de aquí para EU si agreden a Venezuela. Ni media gota puede salir en ninguna circunstancia”.
La amenaza que en diciembre pasado lanzó el ministro Cabello quedó en nada.
Apenas horas después de la operación militar que terminó con la captura de Maduro, Trump anunció que Caracas aceptó entregarle hasta 50 millones de barriles de petróleo para venderlos a precios “de mercado”.
Y sobre el dinero obtenido, el mandatario estadounidense advirtió: “Será controlado por mí (…) para garantizar que se utilice en beneficio del pueblo de Venezuela y de EU”.
Lejos de desmentir esto, las autoridades venezolanas reconocieron que Petróleos de Venezuela (PDVSA) “cursa una negociación con EU para la venta de volúmenes de petróleo”, indicó la estatal petrolera en un escueto comunicado.
Días después, Trump pidió a las petroleras estadounidenses que invirtieran al menos 100 mil millones para elevar la producción venezolana.
Sin embargo, muchas de esas empresas se han mostrado reacias debido a la incertidumbre política y a la inseguridad jurídica.
“Hoy en día, no se puede invertir allí”, afirmó Darren Woods, directivo de Exxon Mobil.
“Nos han confiscado nuestros activos dos veces, así que, como pueden imaginar, volver a entrar una tercera vez requeriría cambios bastante significativos”, agregó el ejecutivo.
Para revertir esta percepción, el presidente de la Asamblea Nacional anunció una sorpresiva revisión del marco legal vigente, la cual ya produjo la reforma de la Ley de Hidrocarburos, que revirtió parcialmente la política de estatización del sector petrolero impuesta por el fallecido Hugo Chávez desde 2007.
“Esas inmensas reservas de petróleo (de Venezuela) tienen que ser sacadas para convertirlas en escuelas, en hospitales, (…) debajo de la tierra no le sirven a nadie”, justificó Jorge Rodríguez.
Antes de la detención de Maduro, los diputados tenían previsto debatir una reforma constitucional, cuyo contenido no se había informado.
La reforma a la Ley de Hidrocarburos ha sido criticada por sectores del chavismo.
“El 29 de enero de 2026, Venezuela dejó de ser dueña de su petróleo no importa cómo lo veas”, escribió el exministro de Comunicación Andrés Izarra.
“Conservamos la propiedad nominal del subsuelo. Pero perdimos el control de quién lo extrae, cómo lo extrae, a quién lo vende, a qué precio, bajo qué jurisdicción, y qué porción nos queda como República”, agregó.
La incertidumbre que siguió a la operación militar estadounidense golpeó a la moneda venezolana tanto en el mercado oficial como en el paralelo.
En enero, el bolívar perdió 21.87 % de su valor frente al dólar estadounidense al pasar de 301.37 bolívares por cada billete verde a 367.30, según datos del Banco Central de Venezuela (BCV).
En el mercado negro, donde muchas empresas y ciudadanos obtienen sus divisas para sus operaciones, el dólar llegó a cotizarse a más de 800 bolívares tras los hechos del 3 de enero, aunque en los últimos días ha caído a poco más de 400.
“Hubo mucha incertidumbre y mucha gente creyó que la situación iba a ser más caótica de lo que ha sido, entonces la oferta de divisas en el mercado paralelo, que ya era escasa desde hacía semanas, se redujo aún más”, explicó a BBC Mundo un economista que prefirió no ser identificado.
El anuncio de las autoridades de que inyectarían al mercado cambiario 300 millones de dólares provenientes de la venta de petróleo —la primera intervención en meses— parece haber sido la principal responsable de la disminución de la brecha entre las dos cotizaciones.
No obstante, el experto consultado advirtió que este tipo de medidas son insuficientes.
“Aquí lo importante es cómo va a ser el flujo, más que ventas puntuales; eso será lo que determine cómo se comportarán la economía, la inflación y la moneda”, explicó.
La disminución de la brecha cambiaria no ha significado un alivio para los bolsillos de los venezolanos.
“Todo está igual de caro, los precios no bajan, aunque baje el dólar en el mercado paralelo. Un cartón de huevos estaba la semana pasada en 2.60 dólares y ahora está en 3.50. La plata no alcanza”, explicó Alberto Fernández, un trabajador por cuenta propia de Caracas.
Y es que mientras el llamado mercado negro parece haberse estabilizado, la moneda sigue perdiendo valor en el mercado oficial, lo cual es no un dato menor para un país que históricamente ha importado alrededor del 60 % de lo que consume.
Según las últimas proyecciones del Fondo Monetario Internacional (FMI), publicadas en octubre, Venezuela cerró 2025 con una inflación de 548 %.
A finales de 2025, Maduro advirtió que cualquier ataque de EU contra Venezuela no quedaría sin respuesta.
“No se moverá un alfiler y se declarará una huelga general, insurreccional y revolucionaria de la clase obrera”, aseguró.
Sin embargo, los pronósticos del exgobernante no se cumplieron, así como tampoco se cumplieron los de aquellos que creían que se produciría un quiebre en el chavismo.
El gobierno ahora dirigido por Rodríguez, que fuera la vicepresidenta de Maduro, ha optado por dialogar con Washington y se apresta a restablecer las relaciones diplomáticas después de casi siete años interrumpidas.
Justo la semana pasada, la diplomática estadounidense Laura F. Dogu llegó a Caracas para reabrir la embajada de EU, la cual permanece cerrada desde 2019.
Antes se produjo la histórica visita del director de la Agencia Central de Inteligencia (CIA, por sus siglas en inglés), John Ratcliffe, a Caracas.
Rodríguez ha defendido su estrategia diciendo que permitirá “abordar las consecuencias derivadas de la agresión y el secuestro del presidente de la República y la primera dama“.
Una versión que sectores del oficialismo ponen en duda.
“Aunque suene duro, nosotros somos hoy un país ocupado militarmente. No vemos los marines en las calles, pero tenemos una ocupación naval, aeroespacial y electrónica sobre nosotros”, denunció este fin de semana el exvicepresidente Elías Jaua.
“El gobierno que quedó, por las razones de estabilidad que requiere el imperialismo para garantizar su necesidad urgente de energía petrolera, tiene que trabajar en función de las directrices de la potencia ocupante”, agregó.
La mandataria, por su parte, ha intentado salir al paso de las acusaciones de tutelaje.
Así, el pasado 15 de enero, defendió “el derecho de Venezuela” a mantener relaciones con Cuba, Irán, Rusia o China.
Y días después se quejó de la interferencia de Estados Unidos.
“Ya basta de las órdenes de Washington sobre políticos en Venezuela. Que sea la política venezolana quien resuelva nuestra divergencia y nuestros conflictos internos”, dijo.
No obstante, medidas como las excarcelaciones, la ley de amnistía y la reforma de la Ley de Hidrocarburos —que no solo no figuraban en la agenda del oficialismo, sino que incluso contradecían sus propios planes—, sumadas al hecho de que varias fueran anunciadas antes desde Washington, dejan en claro que su giro es forzado.
“Delcy está donde está por la extracción (de Maduro), que fue un acto violento, pero ella no controla ese factor [la violencia], porque depende del ejército de EE.UU.”, afirmó a BBC Mundo la analista política Carmen Beatriz Fernández.
“Yo creo que la apuesta de ella es ganar una legitimidad de desempeño. Hacer las cosas bien y que haya una mejoría que le permita tener cierta legitimidad popular”, apuntó.
Por su parte, el profesor Ángel Oropeza, director del Centro de Estudios Políticos de la Universidad Católica Andrés Bello de Caracas, aseguró: “El proyecto del gobierno interino de la señora Rodríguez es uno de estabilización autoritaria”.
“Es un juego que habrá que ver hasta dónde resulta, porque es una estrategia a dos velocidades: una apertura muy rápida en lo económico, pero muy lenta en lo político“.
Más cruda fue Gabriela Ramírez, quien fue diputada por el chavismo y luego defensora del Pueblo.
“No les queda de otra (a las actuales autoridades) más que llevar la fiesta en paz y tratar de hacer una transición pacífica que termine con una elección democrática”, le dijo a BBC Mundo, advirtiendo que lo contrario podría terminar en una nueva incursión estadounidense.
Trump ya había lanzado una amenaza en ese sentido: horas después de la captura de Maduro, le advirtió a Rodríguez que “si no hace lo correcto, pagará un precio muy alto, probablemente mayor que el de Nicolás Maduro”.
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