
Con 89 agresiones registradas por la Fundación Arcoiris, el 2025 tuvo 53% menos casos de violencia contra las personas LGBT+ en México en comparación con el año anterior, cuando se documentaron 192. Sin embargo, activistas subrayan que los crímenes de odio persisten al igual que la impunidad, en un contexto en el que se reducen los espacios seguros para la diversidad sexual.
De acuerdo con los datos del Observatorio Nacional de Crímenes de Odio contra personas LGBT+, que se conforma a partir de información recuperada de notas periodísticas, el año que recién terminó hubo 40 homicidios y 49 desapariciones, la mayoría de los cuales ocurrieron entre enero y junio.
Pese a que estos datos muestran una disminución en la violencia contra las personas de la diversidad sexual, Jair Martínez, de la organización Letra Ese, explica que la información disponible es sólo la que fue reportada por activistas, asociaciones y medios de comunicación, y debido a la falta de un registro oficial sobre crímenes de odio por orientación o identidad de género se desconoce el panorama real.
“Nosotros trabajamos a partir de notas de medios, de información de otras colectivas u organizaciones que denuncian los casos, pero no tenemos un sistema de información oficial, por lo que el registro de los casos depende del impacto público para que los medios hablen al respecto. No todas las personas llegan a notas, hay casos de los que nunca nadie habló y eso los invisibiliza por completo”, lamentó.
Además, alertó que “nos hemos percatado de un recrudecimiento de la violencia y de los discursos de odio. Por ejemplo, nuevos discursos de derecha encuentran más cabida no sólo en el espacio digital sino en la política nacional y tenemos la hipótesis de que eso va a afectar la situación en cuanto a la comisión de crímenes y la impunidad”.

Según los datos recuperados por el Observatorio nacional de crímenes de odio contra personas LGBT+, el estado con más casos de violencia en 2025 fue Baja California, donde se cometieron 6 asesinatos y 9 desapariciones. En segundo lugar están Guanajuato y la Ciudad de México, con 9 casos cada uno, aunque en el estado del bajío todas fueron muertes, mientras que en la capital del país se cometieron 2 homicidios y 7 desapariciones.
Por número de casos, le sigue Puebla, con 1 asesinato y 7 desapariciones; Oaxaca, con 3 homicidios y 3 desapariciones; Nuevo León, con 4 asesinatos y 2 reportes de desaparición, así como Veracruz, con 2 muertes y 4 desapariciones.
Acerca de este panorama, Samantha Arellanes, de la Coalición Mexicana LGBT, explicó que esta violencia “nos impacta de manera muy fuerte, porque entre más avanzamos o tratamos de avanzar en la defensa de los derechos humanos de la población tenemos más problemas por el hecho de ser visibles, porque nos exponemos más, y aunque eso no va a hacernos bajar la resistencia, obviamente sí nos da miedo”.
La activista agregó que en varios estados del país “hay quejas porque no hay detenciones, la gente sigue haciendo caso omiso ante el asesinato a personas LGBT+”, por lo que hizo un llamado a las instituciones a avanzar en la construcción de áreas especializadas en diversidad sexual y la capacitación del personal que revictimiza a las víctimas.

Asimismo, lamentó que en general la sociedad mexicana es indiferente frente a la violencia o mantiene conductas discriminatorias hacia las personas LGBT+: “nos hace falta mucho como sociedad. No hay empatía, sólo se manifiestan cuando le pasa a alguien cercano, cuando no tendríamos que esperar a que algo así suceda para actuar”.
Jair Martínez, por su parte, destacó que las personas LGBT “ya no son las mismas que enfrentaban la violencia y el machismo sin resistencia, sin organizaciones y sin identidad colectiva en contra de los discursos de odio”.
El año que recién terminó, la Casa Orquídea —único albergue para población de la diversidad sexual en San Luis Potosí— cerró sus puertas por falta de recursos para continuar con su labor.
Francisco Olvera, quien fundó y dirigió el espacio por dos años, lamentó que su cierre dejará “muchas situaciones sin atenderse, porque no va a haber quién dé hogar y alimentos a personas LGBT+ y migrantes, lo que va a aumentar la población en situación de calle y se va a dejar de acompañar a quienes viven CON VIH o a mujeres trans con secuelas por la inyección de biopolímeros”.
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Raúl Caporal, director del refugio Casa Frida, comentó que la disminución de espacios seguros “es reflejo de una nueva realidad a la que nos enfrentamos la mayoría de organizaciones ante la indiferencia creciente de gobiernos que históricamente habían sido actores clave y aliados con la cooperación internacional permitiendo fortalecer los programas diferenciados dirigidos a personas LGBT+ en situaciones de extrema vulnerabilidad”.
En este “momento complejo”, Caporal plantea que las asociaciones tienen una oportunidad de reorganizarse y hacer un frente común para la búsqueda de sostenibilidad, “porque lo cierto es que la demanda de los servicios no ha disminuido; las personas siguen saliendo de sus países de origen y encontrándose en México“.
Lamentó que con el cierre se verán reducidos los pocos espacios de este tipo que existen en el país, quedando en Monterrey, Mexicali, Tijuana, Tapachula y Estado de México, lo que da cuenta de que “falta muchísima capacidad instalada para realmente dar atención a toda la demanda de servicios”.

Ante la violencia y el ascenso de discursos conservadores, Jair Martínez expresó que se mantiene la esperanza de que el año que comienza se impulsen acciones de cambio a favor de las poblaciones sexodiversas, como el que México “por fin acate la recomendación de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de consolidar un sistema de información diferenciada sobre la violencia hacia personas LGBT+”.
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“Ojalá que también acabemos con la impunidad en los sistemas de justicia que no sólo afectan a la población LGBT+ ni a los delitos que se cometen contra esa población, sino en términos generales, y que logremos que se garanticen los derechos como los que reconoce la Ley Paola Buenrostro para el reconocimiento de los transfeminicidios, así como el derecho a la identidad de género que aún no ocurre en todos los estados del país”, apuntó.
Por otro lado, está la esperanza de que proyectos impulsados por las propias poblaciones LGBT+ sigan creciendo y se fortalezcan. Este año, Lleca —organización dedicada a apoyar con refugio y acompañamiento médico y psicológico a personas en situación de calle y trabajadoras sexuales— tendrá un nuevo espacio para recibir a más personas.
Victoria Sámano, fundadora y coordinadora del proyecto, comentó que aún hay mucho por avanzar en el acceso a derechos por parte de las personas LGBT, con quienes las autoridades tienen una deuda histórica, sin embargo, reconoció que el crecimiento de Lleca es una posibilidad para avanzar en la agenda de derechos para que esta población “tenga una vida más digna”.

La antigua civilización romana creó un calendario que sirvió de base para identificar los meses del año que tenemos hoy. Aunque a lo largo de miles de años, hubo varios cambios.
La llegada del nuevo año es una de las celebraciones que comparte todo el mundo… o al menos lo hacen los países que siguen el calendario gregoriano, vigente desde hace siglos.
Pero que sea enero el primer mes del año no es algo que siempre fue así. De hecho hubo un tiempo en el que marzo era el mes que marcaba el cambio de año.
Y es que el calendario que usamos hoy en día ha tenido varias reformas y ajustes a a lo largo de miles de años, desde su origen en la antigua civilización romana.
Desde su primera creación, atribuida a Rómulo, el mítico fundador de Roma junto a su hermano Remo, los romanos le dieron el nombre a cada uno de los 10 meses de su primer calendario. Y luego le añadieron dos meses más, enero y febrero.
Como en otras culturas, la sincronización con el año solar era el objetivo. Y aunque luego hubo que ajustar el desfase de los días, los nombres de los meses quedaron fijados así hasta nuestros días.
Aunque si miramos al pasado, su orden ha perdido su lógica inicial.
Siguiendo el calendario primitivo, bajo el mando del rey romano Numa Pompilio (753-674 a. C.) fueron añadidos los meses de enero y febrero al final del calendario de 10 meses, con el objetivo de ajustar el conteo del tiempo al año solar.
Así que este mes originalmente era el penúltimo hasta el cambio de posición bajo el calendario juliano, impuesto por Julio César.
En latín era llamado Ianuarius y su nombre procedía de Jano, el dios romano de los inicios o las puertas. Esta deidad era también considerado un dios de los finales, por lo que era representado con dos caras, mirando al pasado y al futuro, respectivamente.
A diferencia de enero, Februarius no recibió el nombre de un dios, sino que hacía referencia a la festividad romana de la Februa.
Esta fiesta se celebraba como ritual de purificación o expiación, ya que februare en latín significa “purificar”. Se realizaba al final del año romano, por lo que este mes era también el último.
En el calendario primigenio romano, marzo era el inicio del año y fue llamado Martius, en honor a Marte, el dios de la guerra.
Para los romanos, el inicio del año no era a mitad del invierno boreal, como en la actualidad, sino en la época de primavera.
Era el momento adecuado de reactivar la agricultura y las campañas militares.
De hecho, iniciar el año con la primavera es algo que se usó durante mucho tiempo en diversas culturas. Reino Unido, por ejemplo, celebraba este mes el año nuevo hasta la adopción del calendario gregoriano en 1752.
Sobre abril, hay distintas teorías sobre el origen de su nombre.
Una se refiere a un verbo del latín, aperire, o abrir, posiblemente para señalar el florecimiento en la agricultura.
Pero otra hipótesis lo relaciona con Afrodita, la diosa griega del amor.
Este mes era Maius, dedicado a la diosa de la fertilidad y la primavera, Maia. Esta divinidad también era la madre del dios Mercurio.
Algunos, sin embargo, señalan que el nombre pudo originarse como referencia a los maiores, es decir, los ancianos en la cultura romana.
El origen de junio, o Iunius en el calendario romano, era la evocación a Juno, la reina de los dioses romanos y esposa de Júpiter.
Como tal, esta diosa también era considerada protectora de la maternidad y el matrimonio.
Pero el origen del nombre también está sujeto a debate, pues también pudo haberse dedicado a los iuniores, es decir, los jóvenes, algo que tendría concordancia con Maius.
Este mes no era originalmente llamado Iulius, la palabra en latín del nombre Julio, sino que se llamaba Quintilis por ser el quinto mes del año en el calendario romano original (Quintus significa quinto)
En este mes había nacido el líder Julio César, así que a la muerte de éste en el año 44 a.C., los romanos cambiaron el nombre a Iulius en su honor.
Bajo su dominio fue que se había instaurado la primera gran reforma del calendario de 365 días, que colocó a enero como inicio de año (y febrero como segundo).
Durante siglos, el calendario juliano fue el que regía en los dominios de esta civilización conquistadora.
De manera similar a julio, el mes de Augustus, o agosto, originalmente era el sextus (sexto) mes del año y por ello era conocido como Sextilis.
Fue renombrado en 8 a.C. en honor a César Augusto, el primer emperador de Roma (27 a.C.-14 d.C.).
Siguiendo el orden numérico que tenían los meses en el calendario original, September, o septiembre, era nombrado por su posición.
Era el séptimo mes y los romanos lo nombraron por la palabra en latín septem, o siete.
El nombre de octubre, en latín October, venía de la palabra octo, que significa ocho.
Como el anterior, no estaba dedicado a un dios o un emperador, sino simplemente al octavo lugar que ocupaba en el año.
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La historia del mes de noviembre, o November, no es diferente: también tuvo su origen en la palabra novem, o nueve, por su lugar en el calendario romano original.
Finalmente estaba diciembre, el décimo mes del año para los romanos, que ellos conocían como December por la palabra en latín decem, que significa diez.
Cuando llegó la reforma del papa Gregorio XIII, en 1582, no se renombró los meses ni se cambió su orden, sino que simplemente se ajustó la duración para incluir los días bisiestos que corrigieran el desfase con el año solar.
Y desde entonces el calendario gregoriano rige en buena parte del mundo.
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