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En Acapulco, “el hambre es cabrona” (crónica y video)
En Acapulco, “el hambre es cabrona” (crónica y video)
6 minutos de lectura

En Acapulco, “el hambre es cabrona” (crónica y video)

20 de septiembre, 2013
Por: Paris Martínez (@paris_martinez)
@WikiRamos 
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Bajo el sol, cientos de personas esperan despensas. Las filas no se reducen debido a que todo el tiempo llegan más afectados, pero además, porque la gente se forma en más de una ocasión. //Foto: Cuartoscuro.

ACAPULCO.- Comienzan a llegar desde las 7:00 horas, casi en tropel, hasta la tienda Costco, provenientes de las colonias populares Fraccionamiento Miramar y La Alborada, que coronan los cerros cercanos, así como de las colonias que rodean el entronque vial conocido como La Glorieta, ubicada a 10 minutos a pie.

Son más de 400 personas, de todas las edades y sexos, y siguen llegando. En muchos casos, son los y las mismas que, el pasado martes, saquearon esta tienda de autoservicio, ahora resguardada por la Marina.

Pero esta vez no han vuelto con el mismo fin, hoy lo que quieren es trabajo. Trabajo o comida.

La oferta de empleo temporal en las obras de limpieza pública es real, luego de que la tormenta Manuel pusiera una pátina de lodo sobre todo Acapulco, pero sólo una mínima fracción de quienes responden a la convocatoria, acaso media centena, obtiene el puesto. Y el resto queda impávido, defraudado.

[contextly_sidebar id=”775cc75f686853992858b78318f8339e”]Se alza entonces la voz de Anita, una mujer joven y robusta, vecina de Miramar, que sentencia alto, para que todos la escuchen: “Pues si no nos dan trabajo, ahora que nos den despensas… ¡o se van a la verga!”

La consigna levanta risas entre la gente, descalza la mayoría, mujeres casi todas, muchas con niños al costado o al hombro, pero es una advertencia verdadera, y dos horas después de meditarlo, a las 9:30, Anita parte, aunque nadie sabe a dónde. Ella sólo dice a la gente que debe esperar, y todos la esperan, “¡porque de aquí no nos vamos –grita antes de marchar–, si no nos traen despensas!”.

–¡Y a la verga! –añade alguien, entre la gente, que de nuevo ríe.

 ***

Han pasado cinco horas y el contingente de esperanzados ha menguado. Sobre la banqueta del Costco quedan, tal vez, 200 personas. Su desánimo es el mismo que el de aquellos que han decidido volver a sus casas, seguros de que las despensas no llegarán, principalmente porque nadie capaz de entregarlas las ha prometido. Y los que permanecen aquí, lo hacen porque “qué más podemos hacer”, dice Margarita, una mujer que carga un costal al hombro, donde lleva las botellas plásticas que ha venido recogiendo en el camino.

–¿Quién es Anita? –se le pregunta, pero Margarita se encoge de hombros.

–Y, ¿qué espera usted aquí?

–Pues estamos esperando que nos traigan ayuda… es que no nos han dado nada hasta ahorita, ni agua, y son casi las tres de la tarde… Nosotros llegamos desde temprano, casi desde las siete, porque habían dicho que darían trabajo, pero ya no alcanzamos…

Anita vuelve una hora más tarde, a las 15:40, pero no llega a pie, como se fue, sino en un auto negro, de modelo reciente, escoltado por una camioneta de Liconsa y una pick up de la Marina.

La gente la recibe con aplausos y vítores, pero ella baja del asiento trasero con gesto de seriedad, dando indicaciones a los funcionarios que la siguen.

–¿Usted conoce a Anita? –se pregunta a un anciano, que avanza hacia la hilera que se improvisa, para recibir las despensas que se insinúan dentro de los vehículos.

–Es como la líder –responde.

–¿Líder vecinal? –se insiste, pero el hombre se alza de hombros.

–No sé –responde.

Anita ordena a la gente formar cuatro hileras, y así se hace: una de hombres, una de niños, y dos de mujeres.

En esta primera tanda, el personal de Liconsa, integrado por brigadistas de Jalisco, reparte 400 minidespensas: una lata de atún, un litro de leche, medio litro de jugo, dos bolsas de galletas saladas (con dos galletas cada una) y una caja chica de Chocokrispis.

Los niños, además, reciben un bolillo y un Frutsi donados por un empresario del Estado de México, cuya esposa, asegura, “está muy preocupada por lo que está sufriendo su estado”.

Pero aún cuando las 400 despensas son entregadas en los siguientes 20 minutos, la fila de damnificados no disminuye. Por el contrario, ha crecido. Y esto se debe a dos razones: por un lado, nuevos damnificados se han sumado al contingente, apostado sobre la lateral de la Avenida de las Naciones, a la altura del entronque con Revolcadero; y por el otro, aquellos que ya recibieron alimentos se han vuelto a formar. 

Para las 17:00 horas, un millar de personas aguarda bajo el sol, exigiendo las despensas prometidas, y aún a pesar de las previsiones pesimistas de la mayoría, el personal de Liconsa realiza gestiones telefónicas, y la Marina arriba 20 minutos después, con un camión de volteo cargado con otras 600 despensas, y éstas más voluminosas que las anteriores: cuatro latas de atún, un kilo de frijol, un kilo d arroz, chilorio, galletas, chiles enlatados, un litro de agua.

Anita dirige la operación. “Si ella mueve a esta gente qué mejor –dice uno de los brigadistas de Liconsa–, así nos evitamos desorden”.

–¿Cómo hizo ella para que trajeran las despensas? –se le pregunta.

–Fue al albergue del Forum Imperial y allí avisó que estaba toda esta gente a punto de cerrar la vialidad… así le hizo –explica el brigadista.

 ***

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Mujeres reciben despensas de manos de fuerzas federales.//Foto: Cuartoscuro

Para las 18:00 horas los víveres de la Marina se han agotado. No así la exigencia de más despensas, cada vez más colérica. Los marinos hacen señas de que volverán, le piden a la gente seguir formada.

Los ánimos, sin embargo, están ya crispados. Algunas personas han pasado aquí más de diez horas. Todos tienen sed y ninguno ha comido. Un par de jóvenes, que se disputan un lugar en la fila, llegan a los golpes.

Los hombres, además, reclaman que su hilera ha sido relegada y en las de las mujeres hay gritos y empujones, para evitar que aquellas que ya recibieron una despensa vuelvan a la formarse, y es que la mayoría ni siquiera se va al final, sino que, cobijadas por familiares, intentan colarse lo más adelante que pueden.

La desesperación es tal que, por 10 minutos, los vecinos de las colonias populares de Acapulco toman la Avenida de las Naciones, hasta que una camioneta con diez policías federales llega al lugar.

Minutos después, se lanzan contra la camioneta de un ciudadano estadunidense que, por cuenta propia, ha traído arroz, atún, frijol y agua a los damnificados, y quien apenas tiene tiempo de asegurar sus puertas y subir sus ventanas, dejando apenas espacio para arrojar los alimentos a la gente, que se los disputa como ramo de novia.

–¡El hambre es cabrona, ¿verdad?! –les grita una niña, pero la gente no se detiene. Por el contrario, fuerzan la puerta trasera de la camioneta e intentan extraer las cajas con enseres, y los jaloneos hacen que varias bolsas de frijol se rompan y caigan al lodo.

En diez minutos, los 13 mil pesos de mercancía donados por el ciudadano estadunidense se han esfumado.

Luego un segundo donador se aproxima, a bordo de una camioneta estaquitas, aunque éste cargado no con comida, sino con la ropa desechada por su familia, básicamente zapatos de tacón y bolsos de mano. La gente se abalanza sobre él, pero al descubrir de lo que se trata, surge la indignación y el donador debe partir rápidamente, entre una lluvia de zapatos viejos.

Cuando vuelven a formarse, la Marina ya los espera, con un último camión de alimentos, que se reparten con una condición, expresada a los damnificados a través de la voz grave de Anita: “Éstas son las últimas despensas que se reparten –grita–, y aquí ya no se va a volver a traer ayuda, ahora la comida la van a llevar directo a nuestras colonias. Y hoy ya no van a haber más camiones, así que al que no le toque, ya no le tocó… y a la verga”.

Aquí un video que retrata las quejas de los guerrenses por la falta de ayuda:

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Imagen BBC