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<i>Daños colaterales</i> de la Marina
<i>Daños colaterales</i> de la Marina
4 minutos de lectura
<i>Daños colaterales</i> de la Marina
20 de enero, 2011
Por: Dulce Ramos
@WikiRamos 

“La Marina no tiene madre”, sin sutilezas y  la voz llena de rabia, la señora Andrea Martínez Jaimes así expresa su dolor. El 16 de diciembre de 2009, mientras La secretaría de Marina Armada de México (Semar) exhibió ante la prensa nacional y extranjera el cadáver de Arturo Beltrán Leyva, alias “El Jefe de Jefes”, con más de 60 disparos en todo el cuerpo, en Cuernavaca, en su casa, lloraban la muerte de su esposo Ignacio Aguilar Rodríguez, víctima de lo que el propio Gobierno del Presidente Felipe Calderón ha catalogado como “daños colaterales”.

Aquel día, la Ram Charger azul de Ignacio –dueño de una tortillería– quedó marcada con hoyos por los cuatro costados. En el perímetro del fraccionamiento Altitude, donde se escondía Beltrán Leyva, La Marina le disparó a su vehículo modelo 1999. Él –cuenta la mujer—tenía unos minutos de haber dejado la casa para entregar pedidos a sus clientes taqueros.

A más de un año de la muerte de ‘Nacho’, como lo llama Andrea, la Marina le ha condicionado la indemnización que debería recibir por el asesinato. La única manera de obtenerla es que retire la denuncia presentada ante la Comisión de Derechos Humanos del Estado de Morelos, a lo que ella, tajante, se niega.

El pasado viernes 14 de enero, Andrea se trasladó a la Ciudad de México como lo exigía un requerimiento de Semar que llegó a su domicilio. Con los papeles necesarios para obtener los fondos, fue recibida por el Teniente Florentino Rodríguez Meléndez.

“Me dijo que los recursos estaban por salir. Que podían dármelos a la brevedad”, relata. Ella entregó los documentos, pero antes poner punto final al trámite, el Teniente soltó una pregunta: “¿Y qué va a pasar con la denuncia ante Derechos Humanos?”.

Andrea se negó a ceder al chantaje y el trámite quedó ‘atorado’.

Desde la muerte de su esposo, la vida de Andrea Martínez y sus hijos se ha trastocado. El más pequeño de los niños va al psicólogo y al neurólogo. Por un instante, Andrea cambia la rabia por tristeza y reconoce con la voz entrecortada: “Emocionalmente no estamos bien. Nada bien. Pero uno sólo puede salir adelante, aunque no tenga ganas”.

Pero el sentimiento amargo no le dura. La rabia le gana y con firmeza exige que, públicamente, la Marina acepte que cometieron un error con su esposo.

Apenas el pasado martes, en Alvarado, Veracruz, el Secretario de Marina, Francisco Saynez aceptó que en sus operativos “no están exentos de equivocaciones” y sobre las recomendaciones que la Comisión Nacional de Derechos Humanos ha emitido por casos similares al de Andrea, el Almirante sólo dijo que algunas las van a reconocer y sancionar.

En el mismo acto, Saynez dijo que el objetivo de sus acciones no es el de sumar decesos, sino atrapar a los delincuentes, a lo que la viuda sólo responde: ““Que se hagan responsables de sus actos y dejen de matar gente inocente”.

En su propio estado, Andrea y su familia no han encontrado cobijo. Al contrario. Ayer martes, el Secretario de Gobierno, el panista Óscar Sergio Hernández justificó ante los medios morelenses el silencio de la Marina.

“Las recomendaciones de la Comisión de Derechos Humanos siempre son respetuosas, siempre son situaciones que se atienden, pero sin duda alguna la Marina cuenta con elementos que le permiten ofrecer esta posición”, dijo el secretario estatal, con lo que alimentó el enojo de Andrea.

Por promesas, el Gobierno de Marco Antonio Adame no se ha detenido, pero para cumplirlas no ha movido ni un ápice. Becas para los huérfanos de ‘Nacho’, una nueva máquina tortillera para que el negocio avance, atención médica para el más pequeño de los vástagos que sufre de asma. Pero nada de eso ha llegado.

“Por hacerle la barba al Gobierno (federal) nos dan la espalda a todos. No es justo que un Secretario de gobierno prefiera estar con la Marina que con una familia a la que le desgraciaron la vida para siempre”.

Sobre el dinero, Andrea rechaza que sea su prioridad. “Yo no compro el amor ni tampoco un padre con lo que ellos ofrezcan. Si me llego a estar muriendo de hambre, pido limosna, porque sería una vergüenza que nadie les ponga un alto, sólo para que a mí me den unos cuantos pesos”.

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